La novísima economía actual comienza con la llamada «Economía de las plataformas». El secreto real de Airbnb, Uber, Deliveroo y otras empresas de fama mundial no sólo estaba en aplicar algoritmos para conseguir ingresos mediante el uso de bienes infrautilizados -habitaciones vacías, asientos desocupados-, sino que su principal conquista fue la eliminación del riesgo empresarial. En este modelo no existe opción de pérdida, ya que cualquier bajada del mercado es soportada por los otros, muchos de ellos falsos autónomos, fulminando el esquema tradicional de la empresa capitalista para derivar todo el peso del riesgo al eslabón más débil. Las nuevas leyes de muchos países y las sentencias de las magistraturas de trabajo están por fin ordenando esta forma de entender la actividad empresarial, que ha tenido entusiastas defensores y algunos detractores. ¿Qué tiene que ver esto con Netflix? Muy sencillo: si esta empresa utiliza un algoritmo para conocer los gustos de los usuarios, ofrecerles sugerencias personalizadas y financiar series de ficción adaptadas al deseo de sus clientes, es oportuno y conveniente preguntarse si este modelo de negocio audiovisual puede suponer el fin de la creatividad de guionistas, directores y actores, para someterse al lucrativo dictado de una mayoría de espectadores. No es un asunto irrelevante.

Netflix puede acertar, pero también equivocarse. En el año 2011, gracias al big data, la empresa decidió producir la versión estadounidense de la desconocida serie británica House of Cards. Sin duda lograron un gran éxito, aunque poca gente sabe que el viejo olfato, la intuición de toda la vida, fue sustituida por la inteligencia artificial, la explotación masiva de los datos recopilados sobre los gustos de decenas de millones de suscriptores que ya tenía la plataforma en aquellos años. Entristece pensar en una industria audiovisual concentrada en pocas manos y entregada a los criterios de la masa, utilizada la palabra en los sentidos que les dieran Ortega y Gasset o Elías Canetti.

La dictadura decisiva de un algoritmo entrenado para satisfacer a la mayoría hace sentir nostalgia por esos descubrimientos, esas sorpresas inesperadas que nos alegraban la vida en forma de película, serie, canción, o libro. Llevado al extremo, el criterio de la eliminación del riesgo empresarial supone una amenaza latente para el riesgo creativo. Qué terrible paradoja, entonces: habrá mucho más para elegir, pero será siempre más de lo mismo.