Termina la temporada para los presentadores de la tele. Apago la radio. Acabo esta columna. Lo meto todo en una caja. Es tiempo de parar. «Vete lejos, descansa, piensa en nuevos proyectos», me dicen. Cuando se publique esta columna y usted lea este último chorretón semanal, yo ya estaré sobre la extraña ingravidez de las vacaciones, en proceso de desconexión y acomodándome al letargo de los días largos. Meto todo el año en una caja. Una de esas cajas de Amazon, con una sonrisa complaciente en el lateral. Siempre que veo esa sonrisa pienso que es la de Jeff Bezos que nos mira desde el espacio como un dios laico del neo-capitalismo. Digo que meto todo el año en una caja, con cuidado, cierto mimo, y pienso que me gustaría enviarla muy lejos. Un envío sin remite a cualquier parte del mundo con todas las cosas que han pasado esta temporada. Todo en una caja, un año en una caja: una caja grande, sostengo, y acolchada, frágil como el acero. Una temporada da para mucho. Ha sido nuestro segundo año pandémico, quizás el año más largo. En esta pandemia, hemos aprendido de lo inédito, de que en una vida de mínimos hay que hacer un esfuerzo de máximos, de que las noticias negativas no pueden sepultar a las buenas noticias y de que, definitivamente, todo ha cambiado tras esta crisis. Ya nada será como antes, me digo y sigo. Hicimos tele en el plató y en la calle, viajamos con el equipo, nos fuimos a los pueblos y conversamos con nuestros mayores, estuvimos en Madrid y fuimos héroes durante una noche de primavera, hicimos programas solidarios, especiales, críticos, divertidos y nos lo pasamos bien; salió mi careto en los autobuses de la EMT -qué risas-, subimos audiencias y ganamos premios. No ha estado mal. Qué coño: ha estado muy bien, ha sido una fiesta y la hemos celebrado todos los días. (N. lo sabe, preguntad).

He presentado libros, guiones, columnas, he escrito un prólogo, he ejercido de maestro de ceremonias y conferencias, he entrevistado a cientos de personas que me han enseñado, he intentado hablar mucho, he intentado escribir mucho, hacer muchas cosas para que en medio del torrente algo pareciese elocuente, divertido, interesante, algo brillante. Soy de la opinión de que hasta un reloj averiado da dos veces al día bien la hora. Después, debo reconocer que recordaba a Larry King, referente periodista, gran entrevistador, que falleció esta temporada, cuando dijo aquello de que «nunca aprendí nada cuando yo era el que hablaba», y entonces volvía a desaparecer. He escuchado, he intentado escuchar mucho y aprender algo. Aprender de lo que se dice y de lo que se calla. Uno ha aprendido que la salida siempre es hacia adentro, que debemos diferenciar lo importante de lo urgente, que no hay mal que por bien no venga, ni desastre que cien años dure y que, sobre todo, la vida empieza cada cinco minutos. De hecho, al acabar esta columna, yo ya estaré de vacaciones, otra vez, y me tumbaré en el césped, abriré uno de los libros pendientes y volveré a pensar que nada es tan importante y que no me pierdo nada de nada de nada, gracias, de nada. Un año largo, quizás el más largo de la historia, metido en una caja. No es fácil colocar cada cosa en su sitio. Que nada falte para este viaje. Me llevo lecciones de todos los que os habéis acercado a este círculo plano y me llevo tanto cariño: gracias, otra vez, no me canso de dar las gracias.. He aprendido que sigue habiendo muchas cosas que defender, que hay que vivir deliberadamente, que hay que luchar por lo imposible, por una austeridad fértil y una abundancia creativa, por una generosa curiosidad y una actitud sentipensante, activa, positiva, recreativa... Defender lo más inseguro y frágil, y vivir como si hubiera un mañana. Disfrutar de algo que merezca la pena. He intentado, hemos intentado en el equipo, porque nada de esto se hace solo, solo en equipo, ser honestos, poco más, y pasarlo bien, y haceros sentir como en casa, y que estas líneas del sábado en La Opinión de Málaga, de las que me despido, sean algo más que poesía en las palabras sino en la manera de ver el mundo y un instante de reflexión o algo parecido a la belleza o al entretenimiento, que no es poco. Buen verano.