Vas a un parque y ves a los niños jugar al juego del calamar, o sea los ves remedando/imitando la serie de moda, surcoreana y violenta. Cada capítulo, más o menos, un juego infantil, una matanza, desesperados y agobiados por las deudas que se juegan la vida en un campo de concentración o cárcel impoluta y casi de cómic. Padres que se horrorizan de que sus hijos jueguen a eso y los llaman y los reconvienen. Está pasando. El sábado y el domingo, por ejemplo, en parques céntricos de cualquier ciudad española. Los niños saben de qué va la serie. Cuando son regañados y conminados a volver a las mesas de las terrazas cercanas de esos parques, piden el móvil. No, contesta el padre o madre, abuelo o tutor: mejor, juega. Eso hacía, dice el niño o niña, ya tenga aspecto de zangolote refractario al saber, de deportista, empollón o de futuro subsecretario ministerial. En qué quedamos. Nadie sabe en qué quedamos. Hemos quedado para el aperitivo en una mesa a la sombra en un lugar en el que corre el aire, corren las cañas de cervezas, las patatas fritas y las aceitunas. Toboganes vacíos y niños que se disparan o juegan al pollito/escondite inglés. Hasta que salga otra serie.

Los padre filosofamos y pedimos otra ronda. El que dice que no ve esas series te la cuenta con señales y pelos. Y eso que es calvo. Queremos comprar el diario pero no hay quioscos cerca. Ya casi no los hay lejos tampoco. Niño, deja el móvil, le decimos nosotros para cogerlo nosotros (mucho nosotros, sí) y leer a un columnista, comprobar un resultado o mirar en diagonal una de esas nutritivas crónicas políticas findesemanera. Y el whatsapp. El juego del calamar. En tal episodio juegan a lo de la galleta, me dice mi hijo. Y a ti quién te lo ha dicho. Me lo ha dicho Álex. Siempre hay un Álex o un Nico o un Martín que lo sabe todo y lo ve todo y sus padres le dejan. ¿Yo puedo verla?, no, tú no, pues vaya, cómprame un donut o algo.

La serie se ha hecho viral, que es como se dice ahora exitosa. Todo el mundo la ve y cada cual la interpreta de una manera. Para los chavales de siete u ocho años es como un videojuego. Matan a la gente, eso no es para niños, decimos. La pregunta es para qué tipo de adultos es. Gente deslomada que llega a casa -pero no a fin de mes- y que su día a día es solo trabajar e ir al súper viendo la serie cenando unas verduras de microondas. Carta del banco en el buzón. Diciendo eso aquí no puede pasar.