El futuro regresa al pasado: «la transición será un castigo a corto y largo plazo, cuando termine, la Tierra se verá muy diferente a la que cuidó de la humanidad», escribe la mítica revista ‘The Atlantic Monthly’. En un acreditado dossier el cual recoge un compendio de diversos estudios, esta publicación señala que la historia humana interpretada hasta hoy se ha desplegado desde el tragaluz más invariable de los últimos 650.000 años, agregando que esa situación está llegando a su confín, nos advierten los paleo-climatólogos. Sin ánimo de acentuar una percepción milenarista, lo cierto es que en nuestro orbe más cercano -una urbe inquieta por la cultura y desmemoriada para muchos de su propio contenido – el futuro retorna al pretérito. Sí, esta afirmación parece extraída de un texto del movimiento surrealista; uno de sus artífices, el escultor, pintor y poeta francés Jean Arp, nos invoca una de las apremiantes reformas suspendidas de esta ciudad donde inexcusablemente, en esta coyuntura, habita el olvido y nos dice: «La catedral es un corazón. La torre, un brote. ¿Han contado los escalones que llevan a la plataforma? Cada noche son más numerosos. Se multiplican». Esta insinuación nos acerca a una realidad infausta que perdura inexplicablemente en nuestra médula histórica: la Catedral de Málaga está muy enferma, se quebranta por las filtraciones de agua. Alertados desde hace décadas de sus muchos padecimientos, las pertinaces humedades -redobladas por el errado sistema elegido hace más de diez años- están deteriorando de forma progresiva obras únicas e insustituibles de nuestro patrimonio artístico. La solución ya la propuso Ventura Rodríguez en 1764: una cubierta a dos aguas que paliaría de forma definitiva el grave estado del templo catedralicio. Este corazón necesita de forma inminente un desfibrilador de voluntades para fortalecerse. A dos aguas, la historia aguarda.