Hace alguna semana que muchos supimos -si yo lo supe lo sabría media España-, que el Café Central cerraría sus puertas. Una noticia de ninguna manera esperada y que, a todas luces, genera una tristeza colectiva más que comprensible.

Aún, entiendo, no se podía saber el asunto y ese mismo número de conocedores seguro que albergaba cierta confianza en que se pudiera reconducir el asunto. Se ve que no. O sí. Se sabrá el día que den al botón para bajar la persiana por última vez.

La cuestión es que el posible cierre del Central deja a la ciudad con un bocado dado en el corazón que evidencia, una vez más, las ausencias de personalidades en nuestra Málaga querida.

El cierre de Pérez–Cea fue un buen golpe. Pero se comprendía por doble motivo pues, más allá de los legados familiares y la falta posible de continuidad, se trataba de una tienda singular con un género que, progresivamente, quedaría fuera de juego ante un sistema donde compras por internet o en cadenas pertenecientes a fondos de inversión con el dinero puesto en mil sitios.

Pero el caso del Central es bien distinto. Los pitufos mixtos no se piden por Amazon. Ni los churros. No hay una pestaña enuna tienda online para pedir que los sirvan frititos y que el pulevita sea del tiempo para el niño que tiene la garganta mala.

La lona que hace días cubre el balcón superior del Central ya daba pistas. Se alquila. Se vende. Lo que sea. La cuestión es que huele a estertores y Málaga seguirá muriendo a chorros.

Los deseos personales de cada uno son eso mismo. Personales. Por lo tanto, no hay nada más natura que el hecho de que alguien quiera descansar, no tenga quien le suceda o simplemente que no le apetezca continuar con el negocio por muy malagueño que sea.

Pero es cierto que, al igual que sucede en algunos lugares donde se protegen edificios, también sería menester que nuestra ciudad comenzara a proteger también algunos negocios. Hace pocos años encontrábamos una situación singular en Sevilla donde retiraron los veladores de La Campana y el revuelo fue mayúsculo. En aquel momento salía ese concepto de proteger negocios singulares para, con ese cuidado, acabar cuidando la propia historia y memoria colectiva de la ciudad.

Es curioso que encontremos pues situaciones como ésta del Central. Un negocio que, sin ser un hacha de los negocios, está lleno -literal- durante gran parte del horario de apertura. Esto hace pensar que la cosa medianamente funciona a pesar de las dificultades que la hostelería atraviesa.

Es por eso que la mezcla de sensaciones al respecto es contradictoria y extraña. Cada cual es libre, faltaría más, de gestionar los negocios de cualquier manera, pero… ¿Es igual de significativo que cierre una panadería de la barriada de Los Corazones a que lo haga el Café Central?

Obviamente no. Y por eso, quizá, sería menester que se planteara algún modelo para, al menos, proteger el negocio y que las nuevas manos -porque las habrá- no puedan toquetear en demasía.

¿El motivo? Que estamos ante uno de los últimos cafés de la ciudad. Con solera. Con historia y siempre cercano en los momentos importantes. Un sitio de turistas. También. Pero infiltrado siempre por malagueños. El lugar donde El Tiriri se sentaba todos los días. Donde se siguen despachando asuntos de trabajo y el sitio en el que llevas a los chiquillos en Navidad. El espacio clave en Semana Santa. Un sitio de Málaga. De verdad.

Por eso mismo no quisiéramos muchos ver una estampa grotesca en breve con un negocio horrendo vendiendo cucos para las turistas o tabernas donde un hijo de la Gran Bretaña pegue gritos mientras ve el fútbol.

El Central supo equilibrar entre comillas la demanda y el cambio de modelo. Alternabas a dos malagueños tomando churros con un extranjero desayunando calamares fritos con kétchup. No pasa nada. Es la vida y la ciudad que nos ha tocado vivir.

Pero la pena está ahí. Presente. Porque calle Larios y la Plaza de la Constitución se quedarán aún más muertas. Con negocios impersonales, sin ningún vínculo con la ciudad y siendo repeticiones de los mismos escenarios que ves en cualquier capital europea. Por tanto, si mueren nuestros negocios acaba muriendo con ellos la propia ciudad de Málaga.

La culpa no es de esta familia por querer echar el cierre. Faltaría más. Pero quizá desde la administración pública se deba procurar de manera extraordinaria que sucediera un traspaso y no un cierre. Y que pudieran cambiar conceptos, pero se mantuviera la esencia pues, de lo contrario, seguiremos avanzando a pasos agigantados por la senda de lo impersonal.

Y resulta ridículo puesto que, en lugar de sostener los negocios clásicos los están echando abajo para seguidamente levantar otros que los decoran y revisten de una antigüedad falsa.

Azulejos nuevos que quieren simular a los antiguos. Cartelería fotocopiada. Fotos absurdas de tradiciones sacadas de internet. E incluso marcas de bebidas que dejaron de ser de Málaga hace muchas décadas. Pero así estamos ahora. Cruzando los dedos para que, quien coja el Café Central no lo convierta en otro chiringuito raro.

Y será, desgraciadamente, lo que acabe sucediendo. Viva Málaga.