Ya, ni del último polvo

Sí, es el colmo: ya te regulan hasta tu último polvo. Más viejo, más sensato y, por tanto, más arrepentido, mi ideal sería -y quizá pronto sea obligatorio- que mis restos, sepultados bajo un árbol, sirvieran para compensar algo el increíble daño que hice a mi tan maltratada madre Tierra. Mientras, y como muy pronto parece que haremos la mayoría de los españoles, tengo dispuesta mi cremación. También dispuse que mis cenizas se esparzan en el mar junto al que -a una distancia hoy prohibida por ley- nací en el Mediterráneo en 1935.   Sin embargo, hoy he tenido que rectificar a toda prisa mi testamento, al enterarme que pueden multar hasta con 60.000 (menguada herencia quedaría pues) si eso no cumple conforme a las nuevas medidas ambientales, muy, muy estrictas que, -como sensato ecologista que los hechos me han obligado a ser- no puedo menos que aceptar.   Quiero por eso mismo denunciar, como hago desde hace medio siglo, cada vez con mayores datos y urgencia, que esa ya necesaria pérdida de tantas libertades y la nueva dictadura de mil muy necesarias órdenes se deben en gran parte al exceso de población (triplicada ya la población mundial en 75, máxime en el Sur), y también por un alocado consumo, como si fueran los dos brazos de una gigantesca tenaza, (apretadas sobre todo por clérigos y capitalistas), que han obligado a restringir hasta extremos antes inimaginables nuestras libertades.

Diego Mas

Málaga