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Juan José Millás

Cadena de favores

Al subir las escaleras del metro, en dirección a la calle, una señora se acerca a mí. Me dice: «Por favor, acompáñeme hasta arriba, creo que estoy a punto de desmayarme».

La tomo del brazo con delicadeza y ascendemos juntos peldaño a peldaño, sin agobios. Ya en la acera, y como veo que tiene mal color, la invito a que nos sentemos en la terraza de un bar cercano hasta que se la pase el agobio. La señora acepta y nos acomodamos en un rincón del establecimiento. Son las doce del mediodía y la temperatura es buena. Ella pide un té y yo un café descafeinado. Tras el segundo sorbo a la infusión, me cuenta:

-Jamás me he desmayado y tengo casi cincuenta años, pero toda la vida he estado a punto de hacerlo.

-¿Cómo es eso? -pregunto.

-Pues que vivo al borde del desmayo. Llego a la frontera misma de él, pero me quedó ahí. Si veo a alguien cerca, le pido ayuda, como a usted, porque hablar me tranquiliza. Tras pagar las consumiciones y despedirnos, le doy vueltas a la idea de vivir siempre al borde del desmayo. Como soy sugestionable, yo mismo empiezo a sentir cierta sensación de mareo. ¿Y si me desmayara aquí, en medio de la calle?, me pregunto. La idea me produce una vergüenza enorme. La gente no va desmayándose por ahí, no es normal. A la sensación de mareo, se añade ahora un ataque de angustia que se manifiesta en la típica opresión del pecho. Dios mío, me digo, voy a caer redondo de un momento a otro. Entonces veo a una señora que viene de la compra, arrastrando un carrito del que sobresale un manojo de puerros. Me acerco a ella. Le digo:

-Perdón, señora, creo que estoy a punto de desmayarme. ¿Le importaría acompañarme unos minutos?

La señora observa mi rostro, que debe de estar blanco como el papel, me toma del brazo y me invita a tomar asiento en la terraza de un bar.

-Tómese una infusión -sugiere.

A medida que hablo con ella, el pánico desaparece y vuelvo a mi ser. Pero temo que la señora anterior me ha contagiado su miedo al desmayo para siempre.

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