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Mirando al abismo

El otoño y la melancolía

Halloween en Málaga, el pasado lunes. Álex Zea

Cuando era niña mi idea de unas buenas vacaciones consistía en pasar una cantidad de tiempo indefinido en casa de la abuela. La casa de mi abuela era, en aquel entonces, mi lugar favorito de la tierra. Siempre había de todo lo que me gustaba y las normas parecían difuminarse, no tenía hora de irme a dormir y, aún en el frío del invierno, las tardes tenían una calidez antigua. Además estaba siempre presente mi bisabuela, María, que jugaba conmigo al escondite y me llevaba en secreto a donde tenía guardados los bombones y las galletas. Sólo pondría una pequeña pega a aquellos días y es que culpo a mi abuela de mi adicción a las novelas latinoamericanas que dan por la tele. Me pasé mi infancia y mi adolescencia viendo novelas con ella en la televisión de su dormitorio. Aún hoy, de cuando en cuando, abro Netflix y escojo una de esas novelas, una que pienso que le gustaría, y la veo. Ahora es una especie de gusto adquirido.

Todos los otoños me sorprendo extrañando los días en que medía el tiempo de forma distinta. Todavía no sabía que los veranos se marchan sin despedirse y que el frío va a ponerme siempre un poco triste y que querría, citando al célebre filósofo y comparsista Juan Carlos Aragón, «darle al tiempo una vez marcha atrás y hacerlo parar a los veinte».

No sé muy bien por qué han asaltado mi memoria últimamente los recuerdos de aquellos días. Quizá porque al ver a los niños con sus disfraces de Halloween vi por un momento aquel disfraz de pollito que la abuela me hizo para mi primer carnaval en el colegio. Tendría yo cinco años. Ella vino a verme disfrutar de mi disfraz tras las rejas de la escuela, discretamente, sin que yo me diera cuenta.

Mientras escribo esto escucho las voces de los niños pidiendo caramelos. Puede que Halloween sea una fiesta producto de la globalización, una imposición de la cultura imperante en el mundo, pero, los niños se disfrazan y ríen y asumen la muerte sin ese eco de eterno dramatismo que le hemos impuesto. Porque al final estas fiestas se tratan de no olvidar a nuestros seres queridos y yo prefiero recordar a mis abuelos mientras oigo a los niños riendo con los suyos y disfrutando de la libertad a la que llamamos infancia.

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