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Joaquín	Rábago

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Joaquín Rábago

Pensar diferente no es delito

Me ha acordado estos días, viendo la creciente intolerancia de quien se atreve a pensar diferente, de una carta publicada en julio de 2020, en la revista estadounidense ‘Harper’s’ y firmada por un centenar y medio de intelectuales.

Entre los signatarios había nombres tan conocidos como los del lingüista y activista estadounidense Noam Chomsky, los escritores Salman Rushdie, Margaret Atwood, Martin Amis o John Banville, la feminista Gloria Steinem, los politólogos Francis Fukuyama y Michael Walzer o el psicólogo Steven Pinker.

Aquel escrito, titulado ‘Carta sobre la justicia y el libre debate’ criticaba el avance en todas partes del llamado con la fea palabra de ‘iliberalismo’, es decir de una ideología y un sistema político que, sin eliminar formalmente las elecciones, limita fuertemente las libertades civiles.

Sus autores veían en lo que estaba sucediendo en aquel momento en los Estados Unidos de Donald Trump una amenaza real para la democracia, pero argumentaban que la hostilidad a la libertad de opinión y expresión se estaba generalizando también peligrosamente en algunos sectores de la izquierda política.

Denunciaba la carta la «intolerancia» de cualquier opinión contraria y la tendencia creciente a «avergonzar en público» y a condenar al ostracismo social a quienes las sostienen así como la tendencia a «disolver asuntos políticos complejos en una certeza moral cegadora».

«La limitación del debate, bien sea por gobiernos represivos, bien por una sociedad intolerante, daña a quienes no tienen poder y vuelve a todos más incapaces de una plena participación democrática», argumentaban los signatarios.

Limitación del debate: ¿No es exactamente lo que ocurrió en los peores momentos de la pandemia del coronavirus cuando se silenciaron en todas partes las opiniones de científicos que, sin negar la peligrosidad de aquel virus, ponían en tela de juicio muchas de las medidas adoptadas entonces por los gobiernos?

¿Y no es también lo que pasa hoy en cualquier debate en torno a la guerra de Ucrania cuando quienquiera que osa criticar el envío continuo de armas de la OTAN para la defensa del país invadido es calificado automáticamente de putinista?

Un caso significativo es el sucedido en Alemania, donde una conocida profesora de la Universidad de Bonn llamada Ulrike Guérot, conocida partidaria de la Europa de las regiones frente a la actual de los Estados, se atrevió a sugerir que Ucrania ha sido sólo un instrumento de Washington para mantener su hegemonía sobre Europa.

Por supuesto que la tesis de Guérot, aunque fundamentada en documentos de laboratorios de ideas que asesoran al Gobierno de Washington como la fundación Rand, es discutible ya que parece exonerar a Moscú de responsabilidad en esa guerra, pero ¿justifica ello el que otros profesores pidan su destitución por la Universidad en la que enseña?

La profesora alemana, que se ha mostrado públicamente contraria a un rearme que sus partidarios justifican con el orwelliano argumento de quien quiere la paz, debe estar a favor de la guerra, ha sido además blanco de los más terribles insultos en las mal llamadas ‘redes sociales’.

No es, sin embargo, un único caso sino que también dos conocidos intelectuales, el filósofo Richard David Precht, y el sociólogo Harald Welzer- han sido fuertemente criticados por buena parte de la prensa alemana por denunciar lo que califican de «pensamiento único» en los medios.

¿No es todo esto de lo que aquel nutrido grupo de intelectuales advertía en la carta de Harper’s? Ni siquiera puede hablarse en este caso de ‘nuevo macartismo’, aquella persecución anticomunista impulsada en EEUU por el senador Joseph McCarthy?

El régimen de Putin no tiene nada de comunista, aunque muchos en nuestro país parezcan no haberse aún enterado, y lo que sucede es por desgracia bastante más amplio y también más oscuro.

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