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José María de Loma

Notas de domingo

Jose María de Loma

Virus vencidos

La torre Pelli de Sevilla. L. O.

Lunes. Se reconstruye uno a veces del fin de semana con más ánimo que fuerza. Con más voluntad que realidad. No estoy para nadie. Camino once mil pasos.

Martes. Mareos, malestar, frío. Estómago protestón. Será un virus, me dice lacónico un compañero. El laconismo también es un virus. O una corriente de pensamiento consistente en amar el lacón. Laconismo. Me miro al espejo y me veo lacónico pero sin ganas de lacón. Me veo pálido y no tengo ni fuerzas para irme a casa. Paso la tarde a oscuras, debajo de una manta, en el sofá. La tele sin voz. Hago acopio de fuerzas para sentarme a la hora de la cena en el ordenador y trabajar. La noche en vela. Mis obsesiones y miedos han decidido celebrar un congreso y reunirse todas alrededor de mi cama. Y ahí están. Comienzo a sudar. La ducha matinal es sanadora. Y el donut.

Miércoles. El taxista me advierte de que hoy en Sevilla hará calor, que no me fíe de las nubes. De entre todas las formas de traición que existen no había pensado nunca en la que pueden ejercer las nubes. Obviamente pueden descargar agua con furia, pero hay sequía y esa furia sería más bien bendita. O tal vez lo que sería bendita sería el agua. Si lloviera agua bendita se borrarían de repente nuestros pecados. El taxista va un poco rápido para mi gusto. Quiero decir que acelera su automóvil demasiado. Miro la Torre Pelli y no sé adjetivarla. La comparo con el cipotón que pretenden erectar en mi ciudad. Se ve desde cualquier punto y contrasta (¿rompe, adorna?) con todo el paisaje que le rodea. Café ya sin nubes ni elucubraciones ni torre ni agua. Bueno, agua sí. Plató. Cuenta Juan Soto Ivars en lo de León Gross de qué va su nuevo libro, ‘Nadie se va a reír’, una historia ferolítica, desconcertante, brutal, que ejemplifica cómo a veces los medios de comunicación no entienden la ironía. No la captan. Yo creo que de tanto rasgarlas ya no hay vestiduras. El protagonista se ve envuelto en un enredo judicial muy al estilo de El proceso de Kafka o La broma de Kundera. Bueno, o tal vez no. Es algo muy sui géneris que conviene leer. Ivars ha estado el día anterior en Málaga presentando el libro en la librería Luces. Me dicen mis espías que acabaron a las y tantas de la mañana con los periodistas Txema Martín, David Jiménez, Agustín Rivera, etc. Memorable tertulión periodístico literario debieron tener, sin desdeñar lo mundano. Ivars me dice que en Barcelona se habla mucho de Málaga. Almuerzo en Mairena y en el tren de vuelta voy viendo el partido de España y oyendo a un señor vociferando por teléfono en mi vagón que se está peleando con un comercial de su banco. A mitad de la conversación dice: yo desayuno siempre un plato de callos. Y ya no puedo entonces concentrarme en nada. Imagino al señor zampando callos a las nueve y trato de averiguar en qué contexto se puede meter en una conversación con un bancario que te intenta colocar un producto financiero que tú desayunas callos. Todas las mañana.

Jueves. De pimientos del Padrón ya no es temporada, caballero.

Viernes. Tostadita con otros plumillas. Conocidos que pasan y saludan. Conocidos que no saludan. Once y cuarto. Esa llamada súbita del colegio. Sobresalto. Planes trastocados. Movilización familiar. Pero Rafa es de los que se sobreponen: aquejado seguramente de mi virus, lacónico, en su camita, ya en casa, con la manta encima, inquiere: dónde vamos a comer hoy. Café con Juan Cruz, que está entusiasta y con proyectos de joven reportero. Tiene hoy un diálogo con Antonio Soler en el Festival Eñe. Antes de verlo leo su entrevista en Abril con Héctor Abad, para siempre en mis entretelas después de leer ‘El olvido que seremos’. El viernes noche no ha perdido su puntito incitante.

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