Para liarla en clase, no hacía falta que fuese el Día de los Santos Inocentes; la escuela estaba cerrada y, de todas formas, la concatenación de travesuras ya convertía el curso entero en un 28 de diciembre. En una ocasión, alguien taponó el lavamanos del baño y dejó el grifo abierto, de manera que, al rato largo, la cascada de agua invadió el aula por debajo de la puerta. Una de las trastadas estrella era la bomba fétida. Las vendían en un quiosquillo al lado del cole, tres unidades en una cajita de cartón que llevaba impresa la cara de un chino maléfico, con bigotes como fideos, que parecía primo hermano de Fumanchú. Había que envolver la bomba en un par de hojas de papel, apañuscarlas, quebrar la ampolleta con el talón del zapato y chutar la pelota con disimulo hacia los pupitres delanteros. El hedor -a «huevos podridos», aunque nadie hubiese olido un huevo podrido en la vida- suspendía la clase de inmediato para dar paso luego, una vez ventilado el tufo, a una lección imborrable que el profesor arrancaba con un disparo al aire en forma de pregunta: «¿Quién ha sido?». Ay, amigos, el difícil aprendizaje de la lealtad.

Fuera del colegio, se estilaba llamar a los timbres del interfono para salir corriendo y, en días como este, pegar monigotes de papel en la espalda de los abrigos. Cualquier chorrada con tal de escapar del tedio y el encierro en casa; ahora, la calle ya no existe como escenario para el juego. Las radios, los diarios y la tele se prodigaban en inocentadas. En 1977, el periódico británico The Guardian difundió la mejor embromada de su historia (en el mundo anglosajón se celebra el primero de abril, Fool’s Day). Publicaron un suplemento de viajes de siete páginas sobre el paraíso de las islas ficticias de Saint Serriffe, situadas en el océano Índico, que acababan de celebrar el décimo aniversario de su independencia. Para redondear el camelo, la empresa Kodak insertó un anuncio en el que se invitaba a enviar fotografías del archipiélago a la redacción, con vistas a montar una exposición.

Desde hace años, la inocentada en prensa ha caído en desuso. Tal vez porque la costumbre arrastra un no sé qué casposillo o bien porque, a estas alturas, el personal ya anda vacunado contra entusiasmos y sorpresas. La realidad barrió el asombro desde las supuestas armas de destrucción masiva y toda aquella pamema. Somos carne de noticia falsa. A fuerza de fake news, relatos alternativos y teorías conspiranoicas, el pobre ciudadano de la posverdad se ha convertido en un ser hiperescéptico. Es sano y juicioso interponer la barrera de la duda, claro está; lo malo comienza cuando no quieres ver más allá de tu pobre y mezquina realidad.