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José María de Loma

Notas de domingo

Jose María de Loma

Diario de un griposo

Nicolás Redondo, fallecido esta semana. L. O.

Lunes. ¿Dónde irán las resacas que a uno le corresponderían pero que finalmente no agarra?

Martes. Entro en la tertulia de Canal Sur radio a las 8 a oscuras, desde la cocina, rodeado del espíritu de la cena, de las magdalenas de mi hijo y de notas y notas sobre diversos asuntos en dos libretas. Que no veo. Doy los buenos días con brío a Paco Ramón, que hoy la conduce. El día va abriendo. La persiana también. Y el vecindario. A uno de una planta inferior se le ocurre comenzar unas obras. Ruido. Los apuros del tertuliano. Me queda un poco lejos la cafetera como para levantarme. Temo hacerlo y que me den la palabra. Digo, en referencia a Benedicto XVI, que renunciar al poder es un acto poco humano, divino incluso. Papal ahora. Qué nos gusta un funeral, pienso. El del expapa, el de Pelé...

Miércoles. Sevilla. Exterior día. 15 grados. Cielo despejado. Tostada al solecito. Se me ocurre como título para un relato ‘Las virtudes del descafeinado’. O tal vez sería mejor decir ‘Las virtudes del hombre descafeinado’. Se me ocurre el título pero no se me ocurre el relato. Ir al centro esta tarde va a ser imposible, me dice, sacándome de mis elucubraciones, mi interlocutor, que es también locutor. En el programa hablamos de muchos asuntos: sondeos, la muerte de Nicolás Redondo, elecciones y hasta de los Reyes Magos. León Gross me sugiere hacer un aforismo sobre estas festividades y costumbres y salgo del paso más o menos. En el tren de vuelta, un paisano bancario al que me encuentro me dice que me ve con muy buen aspecto. Será el maquillaje, me digo para mis adentros. Pero mis adentros ya lo saben. Lo que digo para mis afueras: sí, es que tomé un poco el sol el otro día. No sé si da crédito. A fin de cuentas trabaja en la banca. Mi ciudad a media tarde está imposible de tráfico. Igual que debe de estar Sevilla. Gentío. Compras. Atravieso calles y atajos con mil cosas por hacer, entre ellas la columna del día, que finalmente me sale faltona, poco lírica, política y en cierta medida poblada de personajes que a veces nos amargan los Telediarios. A la cena, llega el gran desafío del día: sushi o pollo con tomate. En taquitos.

Jueves. Comienzo a leer ‘Santander 1936’ de Álvaro Pombo. Frases cortas, un antepasado del autor, Alvarín Pombo, que a los 16-17, durante la República, se afilia a la Falange. Ambiente provinciano y burgués bien descrito. Tiene un amigo muy rojo. Los dejo, creo que en la página cuarenta y tantas, tomando orujo en un garito del puerto. A ver cómo termina la cosa. Me quedaría en la cama, con mi libro, mi gripe, mis pañuelos de papel y el ibuprofeno. Y un vasito de agua. De cuando en cuando miro Instagram; me duele la cabeza si leo noticias. De las columnas hoy solo soporto el primer párrafo, así que mejor ver gente desayunando kiwis o poniendo botellines de cerveza con el mar al fondo. Me levanto y no sé por qué lo hago. Tal vez porque hay que ir a trabajar. Hay un roscón de reyes en la cocina. A veces ocurren estos milagros. No te vayas a poner un trocito ridículo, que te conozco, y luego te vas casi sin desayunar, me dice Amaya. La ducha tiene poder sanador y si no lo tiene queda bien ponerlo aquí. Afronto el día como puedo. O sea, no puedo. Al llegar a la redacción veo varios paquetes. Son regalos que llegan ya con la Navidad casi vencida. Bienvenidos sean. Ahora vendría aquí bien una greguería de Gómez de la Serna sobre los regalos, pero como diría Umbral, «no me voy a levantar ahora a mirar nada». La meta es la cama.

Viernes. Mañana de Reyes. La risa es la banda sonora de la felicidad. Paquetes y cajas por todo el salón. Finalizo mi gripe por decreto. Hay formas más espirituales pero estrenar una americana no es mala forma de sentirse vivo.

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