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Enrique Benítez

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Enrique Benítez

Economista

La tecnología no es neutral

Pocas veces reflexionamos sobre las grandes consecuencias de los avances técnicos que, sí, hacen más cómoda nuestra vida cotidiana. Entregados al ocio y molestos con la tecnología sólo cuando no funciona, o nos fastidia con la necesidad de leer un complejo manual de instrucciones, ignoramos que la tecnología no es inocente, como ha señalado la ensayista británica Stephanie Hare en un libro que, ojalá, se publique en castellano este año que comienza.

Sobran visiones poco trabajadas de la tecnología, y faltan reflexiones individuales y colectivas sobre los grandes cambios propulsados por la innovación y sus diseñadores. En 1989, James W. Carey publicó un clásico de los estudios culturales, inédito en castellano (Communication as Culture. Essays on Media and Society), libro en el que utiliza el ejemplo del anodino telégrafo para explicar de manera profunda y amena la invisible pero contundente relación entre tecnología e ideología.

Una de las primeras claves que aporta Carey es que el uso del telégrafo consiguió separar la comunicación del transporte físico. Una revolución en toda regla que cambió para siempre las reglas del juego. Ya no era necesario que las cartas y mensajes fuesen transportados físicamente (por barco, por tren o a caballo). La red telegráfica, que en los Estados Unidos llegó a la costa oeste 8 años antes que el ferrocarril, modificó para siempre la forma de entender el tiempo.

Porque el telégrafo permitió, también, controlar los procesos físicos. Y aquí radica su relación con la ideología. Las relaciones entre personas, o empresas y organizaciones, pasaron a ser mucho más impersonal, ya que las instrucciones podían enviarse de manera casi automática, sin necesidad de escribir mensajes personalizados a un interlocutor conocido. De esta manera, al activar la posibilidad de emitir instrucciones y órdenes idénticas para cualquier rincón del mundo comunicado, el cable transmisor y el telégrafo se convirtieron en las herramientas que permitieron la transformación del colonialismo -donde las propias colonias disfrutaban de cierta autonomía- en ese imperialismo centralizado que ejerce su poder desde la metrópoli en tiempo real. Pensemos en la Inglaterra victoriana, y recordemos con James W. Carey que el concepto de imperialismo se introduce en el lenguaje en torno a 1870, coincidiendo con la extensión de los cables transatlánticos. El mundo pasó a ser entonces de los ingenieros. La Historia tiene mucho que enseñar.

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