El tacto de sus pies desnudos por el frío tapiz de madera desgastada provoca en Irene un escalofrío que recorre hasta el último lunar de su cuello. No parece importarle, puesto que sigue caminando como una equilibrista por una línea imaginaria que no tiene fin. Talón, punta, talón, punta, talón, punta. Sus dos faros guían sin pestañear a los delicados veleros que navegan con rumbo fijo hacia la gran barra de ballet móvil que se encuentra frente a ella. De vez en cuando, mira de reojo hacia la derecha. Le gusta disfrutar de la tranquilidad que se ve a través de los inmensos espejos que ocupan la pared paralela a la puerta. Su sonrisa avisa de que está calmada. Sabe que es pronto. Todavía tiene tiempo para cambiarse de ropa y gozar de la compañía de su vieja amiga.

Irene siempre llega a la clase 37 minutos antes del comienzo. El culpable, su padre. Antonio Rodríguez lleva trabajando 15 años en el sector del taxi. La situación es crítica. El coronavirus no ha ayudado tampoco. La maniobra tiene que ser rápida. Salir del instituto, comer, y, antes de que el minuto 23 inexorablemente huya, Irene debe estar abriendo el conservatorio. Dicho y hecho. A las 15.23 horas ya está en la puerta. Ella sabe que cuando la recoge su padre tienen que ir corriendo a todos los lados: «No hay tiempo que perder cuando hay que alimentar a cinco». Tras varios segundos, consigue llegar a puerto. Una larga barra de madera de fresno lacado con detalles en metal le espera. Un hormigueo recorre una por una las yemas de sus dedos. Intenta detenerse, pero, como un polo positivo atraído por su negativo, se unen con una fuerza descomunal. No lo puede evitar, se siente como en casa. La barra siempre ha sido el mar donde puede ahogar todos sus males. Poco a poco se le cierran los ojos. Y, sin darse cuenta, se le cuela un «¿Por qué no te apuntas tú? Será divertido» en la cabeza.

Marzo de 2009. La misma joven, pero con el pelo más corto, más gordita y con las ideas menos claras. Su madre, Maribel, la está bañando. Tiene cinco añitos y sabe bañarse sola, pero prefiere cuando lo hace su madre porque así puede charlar con ella. Sin embargo, la charla de ese día cambiaría sus esquemas.

—¿Sabes que María se va a apuntar al baile del cole? ¿Por qué no te apuntas tú? Será divertido.

— Si va María, vale.

Desde ese día no se ha quitado las zapatillas. Su primer taconeo fue acompañado de su mejor amiga, María. Ambas se conocen desde que tenían chupete. Era una buena oportunidad para pasar más tiempo juntas, pero María duró menos que una puesta de sol. A Irene no le importó. Le encantaba llevar «tacones de mayores» y escuchar la melodía que provocaban sus clavos en la tarima. El sonido alimentaba el monstruo que vivía en ella. Lo suyo era el flamenco, o eso creía.

El monstruo cada vez crecía más. Necesitaba más de tres horas a la semana para sentirse saciado. Era hora de llamar a la puerta del Conservatorio de Danza Pepa Flores. Poco a poco notó el cambio. De tres horas pasó a cinco. De cinco a siete. De siete a doce. Dos días. Tres. Cuatro. Menos tiempo con sus amigas. Más danza clásica. Más flamenco. Más danza española. El calendario iba arrancando páginas sin detenerse hasta que se topó con el 2 junio del 2016. Era hora de marcar su sendero profesional. Flamenco o danza clásica. Tacones o zapatillas de punta. El camino estuvo cubierto de espinas de llantos, terror y angustia.

—Fue más difícil que elegir entre papá o mamá —,desvela con una risa tímida mientras se colocaba el maillot color lavanda. Hasta que el azar en forma de nota eligió por ella.

Irene Rodríguez, estudiante de Danza. ISABEL RODRÍGUEZ VALLEJO

Sala

Unas voces cada vez más cercanas irrumpen el ambiente de la sala. Son Alejandra, Marta, Daniela, Lola y Marcela, sus compañeras de pasión. Las seis parecen fotocopias sacadas a color. Lo único que puede diferenciarlas es el número de horquillas que llevan en el moño, las diferentes tonalidades de mascarillas y la altura. Las tres super nenas, así es como llaman sus compañeras a Marta, Irene y Alejandra, se abrazan como si no se hubieran visto en años, aunque la realidad es otra. Se vieron ayer a la misma hora, como sucede todos los días de lunes a viernes. Están muy unidas. En realidad, las seis están muy unidas desde que sufrieron el naufragio.

En sus inicios fueron 18. Pero cada tropiezo, cada batalla perdida, cada rasguño, cada escalón que subían fue quitando del camino a los soldados sin vocación. Hay que tener la armadura bien sujeta y la sangre muy fría si se quiere llegar hasta el final.

—Buenas tardes. Colocaos en las barras, chicas —, dice una voz pausada desde la puerta de metal.

Es Belén, la profesora de Clásico más simpática del Conservatorio. Pese a ser de la quinta del padre de Irene, aparenta menos edad. A su lado va Laura, y no es porque lo diga Belén, pero es una maestra de los pies a la cabeza. Sus 15 años tocando el piano en el Conservatorio lo dejan claro. No tiene nada que envidiarle a Yuja Wang, excepto el dinero. Laura se dirige hacia el piano. Belén, mientras, se quita la chaqueta negra arrojándola sin cuidado a la silla de al lado del espejo. Lleva un atuendo similar al de las chicas, pero, en este caso, ha cambiado las medias por unos leggins y el maillot no es lila, sino negro. Cada una de las jóvenes estira en su parte asignada frente la barra. En el ambiente se siente un nubarrón de voces mezcladas entre sí. Do. Re. Mi. Fa. Y antes de que el sol pueda llegar, el nubarrón desaparece. Todas están de pie colocando su mano izquierda en la barra formando dos filas de tres chicas. La clase de Clásico va a comenzar.

—Primera, segunda y quinta, la misma secuencia de dos pliés y un Grand-plié, y en cuarta los Tan Lié —, describe Belén intentando marcar el compás.

«Cinco, seis y…». Lentamente se percibe el respirar del piano. Está cobrando vida gracias a las suaves caricias de Laura, ¿o es Tchaikovski?

Rusia, 1877. El Teatro Bolshói huele a sueños y ambición. Las numerosas butacas de color cerezo aterciopelado empiezan a cubrirse. En las que queda libre, todavía se puede leer el folleto: El Lago de los Cisnes. La luz tenue de varias lámparas de arco ilumina el centro del escenario. El Lago de los Cisnes va a sonar por primera vez.

En el escenario, pequeños títeres de porcelana se mueven a través de los hilos de la música. Ni la lámpara de araña que se encuentra en el centro de la sala ilumina tanto como ellas. Se mueven en sintonía. Los gestos y los movimientos son tan parecidos que parecen sombras. No tienen margen de error, pero tampoco lo necesitan. Bajo el foco principal se encuentra Irene. Cada nota reproducida le aprieta un poco más la armadura. Se siente fuerte. Es capaz de romper poco a poco las cuerdas que la amarran.

Y tras acabar con la última, empieza a dejarse llevar como una hoja seca a través de la brisa suave. Sabe lo que significa libertad porque se siente así cuando baila. No hay miedos, ni preocupaciones, ni estrés. La danza ha sabido sacar y liberar lo mejor de ella. Descanso.

Irene despierta del hechizo de la danza. Mientras se limpia las gotas de disciplina que chorrean por su frente, mira a sus compañeras y les regala una media sonrisa que llena la habitación. Las mascarillas han elevado el ritmo cardiaco de las seis, pero se sienten bien.

La tarde se va achicando. Los tonos anaranjados pasan a un monótono tono oscuro. Y a pesar de que las calles se van apagando, el conservatorio sigue manteniendo su luz. Todavía quedan varias horas que exprimir. Siguiente parada, clase de puntas.

1869. Mismo teatro. Misma iluminación. Mismas chicas. Aunque esta vez, al piano se encuentra Ludwig Minkus y la melodía es Don Quijote. En el fondo del escenario, las seis jóvenes se dividen en dos grupos de tres. Uno a la izquierda y otro a la derecha. Las palmas de las manos de Belén se encuentran. Las primeras bailarinas, seguidas de las otras dos, salen como rayos al medio del escenario. Grand Jeté y vuelta principio. Glissade y vuelta al principio. Pique y… ¡zas! Daniela cae desplomada en el centro. Intenta incorporarse rápidamente, pero empieza a sentir, cada vez más fuerte, los dientes afilados de las causantes de su caída, las puntas.

Sus ojos piden a gritos ayuda, pero la mueca que le regala a la profesora demuestra que se encuentra «estable». Se coloca bien la armadura y se une de nuevo al grupo. El espectáculo debe continuar.

— Buen trabajo, chicas. Nos vemos mañana a la misma hora —, puntualiza Belén mientras se coloca la chaqueta.

Vuelta a la realidad. El tic tac del reloj hace que Irene se quite las puntas apresurada. No le da tiempo a terminar el adiós cuando ya se encuentra en la lejanía el aula 13. Lentamente abre el portón principal del conservatorio, y, al final de la calle, puede reconocer su raya azul de la suerte. El 545 ha venido a por ella. El aire que entra por la ventanilla del coche hace el intento de despejar los nubarrones que se encuentran en su cabeza, pero es imposible. Intenta evitar la comunicación con su padre porque las palabras le pesan. Los brazos y las piernas le empiezan a pesar también.

Vuelven a colgarle cadenas. Tal vez siempre las había tenido, pero al menos la danza le servía como manto para ocultarlas. Suavemente apoya la cabeza en la puerta del coche y mantiene la mirada fija en la luna. Las estrellas deciden guiarla hasta su casa. Por fin llegaba. Todos los días desaparece de su casa con la llegada de los pequeños diamantes de rocío que cubren su coche y vuelve cuando el manto de plata cubre completamente a la luna. No recordaba su casa tan grande. Cada paso que da la hace más pequeña. Hasta que unos brazos le rodean por sorpresa. Era Maribel, su madre. Irene sigue sintiendo las cadenas, pero al menos la casa volvía a ser su refugio.

—La cena ya está en la mesa—, susurraba la mujer de pelo rojizo mientras se apartaba de su hija.

Salmón con arroz blanco. «Esto debe sobrepasar los 600 kcal». Mira que le avisó de que no quería hidratos de carbono de grano entero por la noche. Pero no se lo piensa decir. Sus ojos muestran cansancio y no quiere agobiarla más. Irene no necesita seguir dietas. Tiene el cuerpo deseado por muchísimas jóvenes, pero ella no lo ve así. Siente la presión del baile. Si quiere ser como Maria Khoreva debe terminar tres series de abdominales antes de ducharse.

El ejercicio y la ducha hace que libere tensiones. Con el «moñito deshecho» y el traje de noche ya puesto, baja los escalones de dos en dos y se dirige a la cocina para conectar al mejor amigo del hombre. Abre el recipiente, añade la cápsula naranja del latte macchiato y lo cierra. El olor de la leche mezclada con el café, que cae poco a poco en la taza de princesas Disney, empieza a despertar sus cincos sentidos. Ya está preparada. Esta vez decide subir los escalones de puntilla porque recuerda que, aunque para ella sea el comienzo del día, para el resto del pueblo significa el final.

Fijada ya en la silla de cuero que se encuentra frente al escritorio de cristal de su cuarto, empieza a sacar, de una mochila de Converse, libretas de varios colores: Filosofía, Biología, Matemáticas, Inglés, Dibujo Técnico. El escritorio está cubierto. Es la hora de darle vida a su bolígrafo.

La luz blanquecina del foco provoca que la sombra del bolígrafo baile sobre la lámina de dibujo técnico. De fondo se empieza a escuchar El Cascanueces y... «Céntrate, por favor». Vuelve a hincar la cabeza en la lámina. Sus ojos empiezan a achinarse, su boca está preparada para provocar el rugido más fuerte de su vida, pero se adelanta y lo tapa con un sorbito de su mejor aliado.

Irene tiene matrícula de honor en Bachillerato y no por que se la hayan regalado. En el Conservatorio también cuenta con una de las notas más elevadas de su clase. Sueña con verse en los mejores teatros de Rusia, pero también sueña con su planificación. Arquitecta o bailarina. ¿Podrá lograr los dos? Comprende que volar tan cerca del sol puede quemar sus alas, pero no le importa. El ave fénix resurgió de sus cenizas. Luchar por conseguir sus sueños también ha provocado que tenga que dejar muchas cosas por el camino. Fines de semana libres, tardes con amigas, excursiones del colegio… Pero si éste es el precio que tiene que pagar para rozar la libertad, está dispuesta a pagarlo.