El disco incluye nuevos sonidos, con guiños al folk o al metal. ¿Es una vuelta al eclecticismo de Niño Raro, su primer grupo? ¿Tuvo más libertad que en otros?

Me alegra oír ese nombre. En Niño Raro el eclecticismo se daba más por la necesidad de mostrar tus cartas o parecerte a lo que estabas escuchando en ese momento. La vuelta a aquello podría ser usar a Pink Floyd, Silvio, Serrat, Alejandro Sanz o Camarón a través del filtro de la madurez, de haber escrito canciones y tropezado muchas veces. La libertad siempre la he tenido. La única premisa que hay entre quienes trabajamos juntos es que tiene que haber una libertad creativa absoluta, después ya discutiremos si me estoy volviendo loco.

Tiene una formación musical muy amplia, desde piano y música de cámara a rock. ¿Cómo se traslada eso a las composiciones?

Hay que estudiar el mar en el que navegas, pero la formación musical es seguir escuchando mucha música sin complejos. Hablo con mi hermano y mi mánager, de que tenemos la suerte de haber escuchado de todo, desde Rocío Jurado hasta Extremoduro, desde los Beatles a System of a Down. En una canción puede haber un poco de todo esto.

Antes de hacerse conocido tocaba en hoteles, bares...

El tiempo deja todo al mismo nivel. No suspiro más por mi primera vez en un teatro lleno que por mi primera vez en el bar de copas donde tocaba.

Sus ventas suben disco a disco. ¿Por qué crece el número de sus seguidores?

Hay muchos factores sobre si la gente te quiere o no, pero el 90 por ciento siguen siendo las canciones.

¿Intentó que el disco fuese un todo estructurado?

Uno sueña con hacer un disco con su morfología, pero eso se ha perdido porque vivimos en un random vertiginoso y agresivo. Y yo soy el primero que tiene una lista con 3.800 canciones en Spotify de todos los estilos. Pero uno no puede dejar de soñar con hacer un disco que me obligue a crearlo como un todo. Creo más en las canciones que en los discos, y, sin embargo, cuando llevaba siete u ocho escritas me di cuenta de que podían encajar en la parte A del disco o en la B. Cada parte tiene un color emocional distinto.

¿Qué emociones y vivencias inspiran la gira?

Mayday es como tirar una señal de alarma para adentro, una bengala hacia el interior, por el mar agitado del planeta Tierra, que es uno mismo. Stay es cuando uno consigue ver el faro, que no es otro que el amor, el amor a todas las cosas. Uno tiene que abrazar hasta los zapatos, una columna, a las personas… A lo que tenga alrededor.

¿Qué simboliza el unicornio?

Un imposible o casi un imposible. Es como una canción que te acompaña toda la vida, que ves y hueles, la puedes pensar y escuchar a todo volumen. No tengo auriculares, no tengo Spotify, estoy en una isla desierta… ¿Y por qué en el silencio total soy capaz de escuchar la memoria de una canción? Eso es un unicornio, no llega a existir nunca. Perseguir unicornios es un trabajo duro, te deja colgado. He querido homenajear esa búsqueda. Hay reminiscencias a Silvio [Rodríguez], el suyo es con C y majestuoso, el mío con K, está despeinado y va al revés, un poquito gamberro.

¿Cómo le afectó el COVID, y cómo es el retorno a los escenarios?

Yo he seguido haciendo lo de siempre, debo decir. A la que se pudo, me fui con el piano y toqué. Mi vida, mis obsesiones y mis miedos, mis besos y mis abrazos, siguieron igual.

¿Planes para el futuro?

Sobre todo, que haya futuro. Seguir tocando sin que me pase algo muy grave o sin que se prohíba este idioma tan bonito que es la música. Quiero seguir sorprendiéndome y enamorándome todos los días.