«La repetición conduce al éxtasis y los verdiales son un compendio de tonos en bucle que embelesan». Eso dijo Miguel Romero Esteo sobre los verdiales, una de sus grandes pasiones. Hoy, si viviera aún, el dramaturgo lloraría una triste noticia: Paco Maroto, una de las leyendas de la música malagueña por antonomasia, falleció ayer a los 90 años. Uno de los grandes actos de resistencia cultural de nuestra tierra se queda sin una de sus columnas fundamentales, y ocurre esto a pocos días del comienzo de la Feria de Málaga, una de las citas verdialeras imprescindibles del calendario.

«No canto porque me escuchen / ni porque oigan mi voz / canto porque no se junten / las penas con el dolor», escribió Maroto (nombre real: Francisco Romero Díaz) para uno de sus infinitos verdiales, tal y como rescató oportunamente ayer en su cuenta de Twitter el periodista experto en jondo y colaborador de este periódico Francis Mármol. Como su música, como sus palabras, la vida del axárquico es puro campo, pura verdad. 

Nació un 4 de octubre de 1937 en un cortijo entre los términos de Málaga y El Borge, y ya de niño se dedicó a las labores del campo y, en los tiempos libres, a la música, su gran pasión. Aprendió a tocar el laúd, la guitarra y, sobre todo, el violín, su compañero inseparable. 

Maroto estuvo detrás de una de las agrupaciones históricas de los verdiales, la Panda Primera de Comares, que dio nombre, claro, a uno de los estilos del género de géneros. Con sus compañeros actuó ante los entonces Reyes de España, uno de los hitos de más de setenta años de fiestero. Exprimió Paco su existencia, dedicada «a laborear y a la fiesta», convencido de que la tierra y la familia, las raíces, son los que nos dan sentido. Para los expertos en los verdiales, Maroto es uno de sus fiesteros de una pieza, que entienden la vida y la música al mismo tempo, con un talante y una actitud absolutamente insobornables. Salvador Pendón, expresidente de la Diputación y uno de los mayores fans del fallecido, lo dejó escrito en su libro 'Paco Maroto. Raza de fiestero', hoy más necesario que nunca como legado y recuerdo.