Cuando estábamos confinados, en la primavera del año 2020, leí o escuché en varias ocasiones eso de que, al concluir ese periodo tan singular de la historia del planeta, el arte, que siempre interpreta y escucha la realidad, iba a dejar plasmada su particular visión de lo sucedido. Y, prácticamente desde el primer minuto del partido, una vez que ya no había que quedarse en casa porque descubrimos que podía plantársele cara al monstruo microbiano sin tener que renunciar a la vida cotidiana, se sucedieron los títulos relativos a la pandemia, el confinamiento, la soledad del ser humano frente a la muerte o frente a los cataclismos que pueden poner en peligro la noción misma de existencia. Todos reflexionaron sobre ello. Todos los artistas, claro. Estos días he leído con atención e interés ‘Eterno amor’, una novela corta o, según se mire, un cuento de extensión larga, publicado por la novelista, cuentista y poeta Pilar Adón en Páginas de Espuma. La leí en una tarde, pero aún me dura el estado de desasosiego que me generó consumir este bello y crepuscular texto. Vamos al grano: Adón narra la historia de una apartada residencia ubicada lejos de la civilización en la que un grupo de mujeres ha consagrado su vida a cuidar a una serie de chicos que, por decirlo de algún modo, presentan una conducta antisocial (sea lo que sea eso). Nadie usa su verdadero nombre y las relaciones están tasadas o reglamentadas por una serie de normas que todos aceptan. Un día, visitará la residencia un preceptor, un oscuro tipo llamado Evans y todo va a cambiar, la atmósfera es aún más opresiva y amenazante. Al mismo tiempo, una de las cuidadoras mantiene una relación especial con Lemuel, un chico internado con el que habla a través de la puerta y a quien nadie, ninguna de quienes han antecedido a nuestra protagonista en esos cuidados, ha podido curar. Es una peculiar aunque bonita historia de amor, sin que exista un plano de consumación física, en un entorno, como digo, ciertamente hermético y hasta opresivo que parece gobernado por un conjunto de reglas o ideales con los que comulgan esas mujeres, pero en las que no terminan de estar, según parece, a gusto. Ni ellas ni la directora que con una diplomacia fría y elegante trata de contener los rudos métodos y formas del preceptor.

Por cierto, el libro está magníficamente ilustrado por Kike de la Rubia.

Eterno amor

  • Pilar Adón
  • Páginas de Espuma
  • Ilustraciones de Kike de la Rubia
  • Precio: 16,35 euros

La atmósfera poética envuelve todo el texto, Adón arma una potente historia con una prosa que narra y acaricia, que más que contar, susurra al lector y se cuela en los recovecos de su alma. La historia es, en sí misma, una reflexión sobre la soledad, el aislamiento, la huida, la belleza que encierra lo gris, la fealdad, y un certero análisis sobre la necesidad que tenemos todos los humanos del otro, sobre la importancia radical de no dar a nadie por perdido, la capacidad de redención y la inherente valentía que hay en los gestos de alguien que quiere seguir luchando por el otro aunque ese mismo individuo no quiera. ¿Les suena de algo? Habla del confinamiento, aunque no tengo claro que haya sido escrita durante o después de ese periodo ni me importa. Todas las épocas oscuras se parecen, y para acercarse así al aislamiento hay que saber mirar como lo hace Adón.