La historia del rock está repleta de cantantes estrafalarios como Screamin’ Jay Hawkins y Little Richard; vocalistas enérgicos del tipo James Brown, Mick Jagger o Tina Turner; divinidades provocativas con pantalones ajustados al estilo de Robert Plant o Roger Daltrey, y verdaderos gurús de la escena como Janis Joplin. Pero si hubo un frontman capaz de reunir en una única persona todas estas cualidades, y alguna que otra más, ese fue Jim Morrison. El líder de los Doors era capaz de hipnotizar, provocar, aturdir, exprimir y escandalizar en cada actuación. No dejaba nada para después: nacía, vivía, moría y resucitaba cada vez que se subía al escenario, dejando tras de sí el efecto de una bomba de napalm sobre un campo de trigo. Tuvo tantos apodos –Rey Lagarto, Jimbo, Mr. Mojo Risin…– porque resultaba imposible encerrar su caleidoscópica y autodestructiva esencia en una única definición.

Jim Morrison: el enigmático cantante inabarcable

Jim Morrison: el enigmático cantante inabarcable Jesús Zotano

Si hubiera sobrevivido a los excesos de los sesenta hoy tendría 77 años (nació en diciembre de 1943), pero como todo el mundo sabe es miembro de honor del fatídico Club de los 27 desde julio de 1971, hace ahora 50 años. A pesar de ello, su impronta pervive nítida y ejerce de guía a las generaciones de nuevos y viejos cantantes. El volumen ‘Jim Morrison. Cuando la música acabe apaga las luces’, del periodista musical Alberto Manzano, narra con detalle las inquietudes de Morrison, la manera en la que encontró a sus compañeros de banda en el revolucionario ambiente universitario de Los Ángeles y cómo finalmente lideró el grupo que lograría, por primera vez en la historia de los Estados Unidos, alcanzar cinco discos de oro consecutivos. El autor, traductor de la obra poética del legendario vocalista, nos sumerge en la enigmática vida del cantante y nos hace partícipes de su avidez literaria y sus infinitas ganas de experimentar y cruzar todas las líneas rojas posibles.

El halo de misterio que rodeó su vida también le acompañó en su fallecimiento. Retirado de la música y refugiado en París, Morrison amaneció sin vida en la bañera de su piso de la capital francesa. Se dictaminó paro cardíaco como causa de su muerte, pero su obesidad y adicción al alcohol y la heroína –amén de que su novia Pamela Courson fue la única que pudo ver el cadáver, al que no se le practicó autopsia – alimentaron todo tipo de teorías. Sus huesos descansan en el parisino cementerio de Père-Lachaise y en su tumba nunca faltan flores, velas, púas de guitarra, colillas de porros y alguna botella de whisky vacía.

Jim Morrison. Cuando la música acabe apaga las luces

Alberto Manzano

Editorial: Cúpula

Precio: 21,50€