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Ensayo

Vargas Llosa sienta en el banquillo a Pérez Galdós

‘La mirada quieta’, ensayo de Vargas Llosa sobre Pérez Galdós, es un libro admirativo pero no exento de pasajes críticos poco piadosos. Cada capítulo es el análisis de una novela u obra teatral del autor canario

Mario Vargas Llosa. La Opinión

Mario Vargas Llosa aprovechó lo más duro de la pandemia, que recientemente lo ha tenido hospitalizado, para leer todas las novelas, los Episodios Nacionales y la obra teatral de Benito Pérez Galdós. La producción periodística (rara vez algo merece más el calificativo de ingente) la está leyendo, lo que quizás anuncie otro ensayo próximamente.

Fruto de esa lectura, relectura en el caso de Fortunata y Jacinta, que leyó de estudiante, es este volumen, ‘La mirada quieta’, que enjuicia al escritor canario desde la admiración pero sin piedad. El Nobel hispano peruano le da al libro, al principio, una pátina de actualidad haciéndose eco de la polémica que sobre Galdós protagonizaron recientemente Cercas y Muñoz Molina. Del primero se declara amigo, lo eleva a los altares (y a la posteridad: «su obra se seguirá leyendo dentro de muchísimos años») aunque le afea que dijera en un artículo que no le gusta la prosa galdosiana.

Esta polémica espoleó al autor de ‘La guerra del fin del mundo’ para acometer la empresa de leer a don Benito, analizarlo y enjuiciar su producción. Obra por obra. Una obra por capítulo. Por decirlo rápido: a Vargas Llosa, Galdós le parece un grandísimo escritor pero no un renovador de la talla de Flaubert. Un autor que captó muy bien su época pero al que lastra el exceso de producción, la falta de revisión de algunos textos y lo que califica en no pocas ocasiones de verborrea o exceso de adjetivación. Con mucho oficio pero desmañado en ocasiones. Tampoco es Zola, nos dice Llosa, que no obstante concede a cierta producción galdosiana un naturalismo no acomplejado, no moralizante e ilustrativo sobre cómo fue una época a la manera del autor francés. Otra pega abundante que Vargas le pone es como utiliza el narrador omnisciente. O el narrador a secas. Pero veamos algunos ejemplos.

Galdós es un grande. Pero no es Flaubert. Ni Zola. Y le lastró cierta verborrea, nos dice el Nobel

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De ‘Tristana’ afirma que «está muy bien escrita». Sí, pero ¿qué es una novela bien escrita? Nos contesta Vargas Llosa: «Es aquella que sirve a sus propósitos. En este caso, el narrador se identifica totalmente con aquello que va contando sin tomar distancia alguna con las ideas que sus protagonistas declaran o delatan».O sea, como quería Flaubert, su amado Flaubert. Esta novela es de un naturalismo como el de Zola, describe, apuntando por cierto que la novela le gusta más que la película que de ella hizo Buñuel.  

Respecto de ‘Ángel Guerra’, novela de 1891, encontramos que para Vargas llosa es «una de las peores» que haya escrito Galdós, únicamente salvable por las largas y atinadas, bellas, descripciones de Toledo. En cuanto a ‘Miau’, novela que tal vez no pocos de cierta edad tengamos mitificada por ser carne de examen en la Literatura del antiguo Bachillerato, va a degüello: sus historias están mal organizadas y los cambios de estilo son muy forzados. No hay pelos en la lengua crítica de Vargas Llosa, aficionado a enjuiciar, desde un prisma pasional o académico a otros escritores. Ahí está ‘Historia de un deicidio’, sobre García Márquez o ‘La orgía perpetua’ sobre el ya citado Flaubert.

En cualquier caso, no se puede hablar mucho tiempo de Galdós sin citar ‘Fortunata y Jacinta’ (1887), de la que escribe en este ensayo: «Me ha exigido la misma absorción y entrega que me han requerido las mejores novelas que he leído». Es sin duda, y así la tilda, la novela más importante que escribió, la más ambiciosa. En este punto se hace eco de la disputa clásica sobre si es esta o ‘La regenta’ la mejor novela del XIX español y la pone en el contexto de un mundo en el que se escribió Moby Dick, Guerra y paz o Los miserables.

La mirada quieta (de Benito Pérez Galdós)

  • Mario Vargas Llosa
  • Editorial: Alfaguara  
  • Precio: 22,00 €

Interesante es también el punto de vista sobre ‘Torquemada en la hoguera’ (1889), cuyo personaje principal es un prestamista que protagonizaría otras dos novelas. Aquí no hay medias tintas ni pegas subjetivas o academicistas que poner: «Es una obra maestra». Una pequeña obra maestra en realidad, habría que decir, ya que es (no así las siguientes) bastante breve. En fin, por escoger otra obra fascinante de aquel a quien unos postularan para el Nobel y otros recogieran firmas en su contra para enviarlas a la academia sueca, entresacamos otro capítulo. El dedicado a ‘Doña perfecta’ (1876). Aquí, la mirada quieta del narrador funciona de maravilla para Vargas Llosa, que llega a decir que nada falta ni sobra en la historia.

Doña Perfecta es «uno de los personajes más logrados de Galdós» y la historia es una metáfora de la lucha entre esa España pacata provinciana, desafecta a los cambios y la mirada más innovadora y alejada del provincianismo. Todo, ambientado en esa ciudad, territorio, Orbajosa, con el pobre Pepe Rey de protagonista, infortunado hombre, personaje logradísimo. Un Galdós puro.

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