Mirar como nunca, como cuando era un niño, en aquellas tardes eternas del verano en las que Málaga se me asemejaba a un plató de cine y yo era la estrella de películas que jamás se rodarían. Observar, peinar con mis ojos estas calles de otoño prendidas que se forman a mi paso, cada vez que las miro, porque mirar de nuevo es mirar por primera vez, ver lo que ya se vio es volver a construir esa estampa, cruzar el río es dejar atrás la frontera que separaba dos ciudades que hoy son la misma y, hacerlo por el Puente de la Aurora, es hacerlo con fe, un puente que une dos almas de una ciudad que ahora quiere crecer hacia arriba, en rascacielos imposibles, y olvida su pasado, la herrumbre de los años ya sucedidos, como si fuera un enorme monstruo de ladrillo y hormigón que se abraza a sí misma para no perder su esencia. Desde la otra parte del Guadalmedina, donde la ciudad se agita furiosa en sus coches y tiendas, veo a las dos torres centinelas dialogando entre ellas en el corazón de la urbe. Son las torres de San Juan y de la Catedral. Se alzan imponentes en un silencio ahogado por los murmullos de una ciudad que se despereza, que se despierta de la pesadilla confinada que nos ha azotado. Dos torres que sostienen el cielo añil que casi se desploma en el cambio de estación, dos torres que mandaban capitanas en tiempos remotos, cuando éramos más malagueños y menos Next Generation, dos torres que expanden el rumor de que habrá edificios casi tan altos como ellas: el Moneo, por ejemplo, ese hotel faltón que rompe el complejo equilibrio de volúmenes y densidades arquitectónicas. Y la ciudad se nos modifica por arriba, entra en trance, que es entrar en cambio, en transformación. Leo el poema que Pablo Bujalance, uno de los grandes observadores de Málaga, le dedica al Puente de la Aurora y a esa señora que avanza poco a poco con su carrito sobre la poderosa infraestructura sostenida con nervio constructivo y tensión, y avanzo lentamente, junto a su moroso discurrir, por esa Málaga vieja que se nos va, que se evapora, que se dirige al punto de fuga, como si buscase el equilibrio de los cuadros del Caravaggio. En el Ateneo, el aula donde José Blasco Ruiz enseñaba y, a su lado, el joven niño que miraba como nadie, que diría nuestro Garrido Moraga, soñaba con palomas. Ahora, ese Aula Picasso y el Palomar van a ser rehabilitados. Málaga salda cuentas con su memoria a medida que abre nuevas afrentas en otros edificios. Málaga protege sus inmuebles y echa sal a sus heridas urbanísticas. Olvida su cicatriz hídrica, que jamás se cerrará, según nos dicen, y se afana en abrir otras nuevas. Y, en el horizonte, más de 24.000 almas dispuestas en un largo itinerario procesionista que nuestros tronos recorrerán en un anticipo hercúleo y soberbio de las Semanas Santas que no fueron, hay ganas de vivir y, por tanto, de correr, una sobredosis de vida es lo que buscamos ahora, cuando el acontecer de los días que nos susurran que vivimos requiere quietud, atención, abismo y luz interior. Esos destellos dorados de varales sobre hombres y mujeres de trono con mascarilla podrían haber esperado a primavera. Pero Málaga es ciudad tímida que se desborda a sí misma para darlo todo al forastero, y esos tronos grandes, que llenan avenidas señeras, también son Málaga, forman parte de ella, de su idiosincrasia, de su ADN. En ese diálogo sordo de las torres de San Juan y la Catedral resuenan los lamentos de los que se nos han ido y de los que se nos irán, pero el eco de los pasos de malagueños de todas las épocas sigue escuchándose en las calles que son santo y seña del Centro: la muy ajetreada calle Larios, pronta a recibir plena de espanto esas luces navideñas que la sumen en una especie de pesadilla con ribetes neoyorquinos; la estrechísima calle Nueva o la muy remozada Alcazabilla, con su castillo y su antiguo teatro, una vía altiva y señera que demanda respeto a quienes transitan hoy sobre sus adoquines lisos y grises. Y, por qué no, Carretería, la gran circunvalación del corazón de una urbe que late con arritmia desde hace años, una vía cuyo lavado de cara ha comenzado estos días y que en breve presentará sobre su firme una única plataforma de peatones y coches, el ser humano y la bestia mecánica que, ya lo saben, se bate en retirada en el corazón de toda urbe y de toda ciudad. Muy pronto, Málaga tendrá un centro que podrá andarse mucho más que ahora, podremos medir con paso certero y sin que nos tiemble el pulso cuánto mide nuestro corazón y, si estuviéramos aún a tiempo, podríamos salvarlo de su pérdida de identidad eterna. Málaga están en sus torres y en las alturas, y también en las calles que caracolean su centro; Málaga está en sus pleitos, como el que enfrenta a Cassá y a Paradas vía Twitter, también está en sus traiciones, como la que relató el exárbitro de Primera División en su rueda de prensa y en sus lágrimas, como las de quienes ven deshacerse su castillo de arena ante el empuje orgulloso del bipartidismo que jamás murió, aunque algunos quisieran ametrallarlo. Málaga está en los lagares de sus montes, que ahora se abren a hoteles de cinco estrellas sin que nos acordemos de la memoria de vino dulce de nuestros antepasados. Málaga también son sus torres, la de la San Juan y la de la Catedral: le prometí a Ana Avellaneda que un día escribiría sobre esa conversación centenaria que solo yo escucho. Oigamos el murmullo sordo del otoño eterno que nos lleva.