Rafael Inglada, que de Pablo Ruiz Picasso conoce probablemente hasta el número que calzaba, dejó claro en 2003, en un libro de Arguval regalado por La Opinión con motivo de la inauguración del Museo Picasso, que el famoso pintor malagueño no estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Telmo, el veterano edificio del Ateneo de calle Compañía, porque no tenía la edad reglamentaria. Refuerza esto el hecho de que cuando la familia se trasladó a Galicia, Picasso tuvo que esperar un curso más hasta ser admitido en La Coruña.

Sí estudió su padre, que además de alumno, con el tiempo fue ayudante en las clases de Dibujo Lineal. Lo que sí señala Inglada es la posibilidad de que el hijo acompañara a su padre a alguna clase y que abocetara dibujos tomando como modelo los bustos de escayola repartidos por la escuela.

Por tanto, la lápida que recuerda en el Aula Picasso, en lo más alto del edificio, que el artista estudió allí es un hecho que «resulta prácticamente imposible», para uno de los mayores expertos del pintor.

Dicho esto, es una buena noticia que las administraciones por fin se hayan decidido a arreglar este trozo encapsulado de la historia de la enseñanza artística en Málaga que, eso sí, casi con total probabilidad, cuando menos frecuentó el niño Pablo Ruiz Picasso y puede que hasta hiciera allí sus pinitos.

Es más, si fuéramos como los antiguos romanos, escrutadores del vuelo de las aves, hallaríamos una ‘conexión divina’ entre el arranque de la maquinaria administrativa y la presencia, en uno de los ojos de buey de la clase presuntamente picassiana, de un cernícalo, que ha podido ser captado por el personal de la Sociedad Económica de Amigos del País, en pleno vuelo, mientras salía del hueco de esta claraboya.

Como comentan en la Económica, desde que este cernícalo se buscó este artístico recoveco, ha disminuido la presencia de palomas, pues estas aves incluyen otros pájaros en su dieta.

Como saben muchos malagueños que viven en pisos altos, en ocasiones pueden encontrarse con la sorpresa de huevos de cernícalos en las jardineras de sus terrazas. Suele ocurrir en el mes de abril o mayo y tras un mes de incubación, los polluelos asoman por el mundo y tan sólo dos meses después los jóvenes cernícalos abandonan el nido y se buscan la vida en un universo aéreo sin los alquileres por las nubes.

Mientras se preparan para restaurar, algún año, este precioso pero destartalado espacio, un bonito cernícalo le saca partido.