Abrimos las puertas de 2020 sin sospechar siquiera la tragedia que nos esperaba. Habíamos brindado ingenuamente en la Nochevieja, después de comer las doce uvas, deseándonos un año lleno salud, de paz y de prosperidad. Pronto empezamos a descubrir que el destino nos esperaba a la vuelta de la esquina del mes de marzo con un cúmulo de sorpresas alarmantes. Nadie podía sospechar que un minúsculo virus iba a poner patas arriba nuestro mundo. Desconcertados y alarmados, tuvimos que ir haciendo frente al contagio, tuvimos que bordear el colapso sanitario, nos tuvimos que someter a un prolongado encierro en las casas, tuvimos que ir enterrando de forma cruel a los muertos, tuvimos que ir cerrando comercios, restaurantes y aeropuertos.

Un problema planetario jamás visto, jamás soñado. Porque los distintos países del mundo iban haciendo frente, de manera más o menos rápida, de manera más o menos eficaz, a parecidos problemas. No había lugar, pues, para refugiarse ante las asechanzas de la Covid-19. Contagios que crecen y decrecen, restricciones severas, entierros clandestinos, cierre de empresas, supresión de fiestas y de eventos, incertidumbre por doquier...

Durante toda la pandemia se ha hecho hincapié en que había que tomar medidas a la luz de lo que la ciencia fuese diciendo sobre la naturaleza del virus, sobre sus posibles mutaciones y sus terribles consecuencias. Se ha hablado de comités científicos como la única referencia deseable para la toma de decisiones.

Solamente ahora aparece un firme asidero contra la calamidad mundial. La sociedad ha ido mirando con ansiedad y esperanza a la respuesta de la ciencia. La aparición de diferentes vacunas (Pfizer, Moderna, Oxford y AstraZeneca, Curevac, Sputnik...) ha generado una esperanzada ilusión para vencer la pandemia. No han sido suficientes todos los esfuerzos políticos, ni las respuestas responsables de la ciudadanía, ni las cantidades ingentes de dinero inyectadas al sistema económico y social. Solo la ciencia ha traído seguridad y esperanza.

El pasado día 27 de diciembre ha comenzado la vacunación en España. En mi ciudad de Málaga, una señora de 88 años fue la primera persona en recibir la dosis. Un momento inolvidable. Es lógico y justo que una sociedad democrática conceda prioridad a las personas más vulnerables.

Ha sido emocionante este momento en el que parece anunciarse el principio del fin. El camino será largo, pero parece que estamos avanzando en la buena dirección. El esfuerzo y el saber de equipos científicos ha hecho posible este logro de la humanidad.

Y a eso voy en este artículo. A hacer un apasionado elogio de la ciencia, del conocimiento, de la investigación. Un elogio que combata el olvido, cuando no el desprecio, a la importancia que tienen en el cuerpo social las personas y los equipos de investigación.

Cuando la pandemia ha sentado sus reales entre nosotros, no nos hemos puesto a hacer rogativas como en otros tiempos, no hemos acudido a las sacristías sino a los laboratorios. Y al final estamos viendo con optimismo que el proceso de vacunación está comenzando a generar esperanza.

Hay muchas cuestiones relacionadas con la actividad investigadora de un país. Destacaré algunas. Porque la ciencia no es un fenómeno aséptico sino comprometido por intereses de diverso tipo: económicos, políticos, sociales, antropológicos, éticos...

Sobre qué se investiga. No es cuestión baladí. La ciencia puede ponerse al servicio de la destrucción o de la salvación de la humanidad. La ciencia no es neutra. Se puede investigar a capricho o interés del poder, al servicio del negocio o bajo los dictados de la ética.

A mi juicio, no se ha destinado suficiente esfuerzo a saber cuál ha sido el origen de esta pandemia. Estremece pensar que haya sido fruto de una investigación planificada. Hay quien no descarta esa posibilidad.

Quiénes se dedican a investigar. Los científicos no nacen, se hacen. Es preciso formar con rigor a las personas que se van a dedicar a la investigación en las diversas áreas del conocimiento humano. Cuando surge la pandemia, todos miramos hacia las personas dedicadas a la ciencia. ¿Qué se sabe sobre el virus?, ¿cómo se transmite?, ¿qué síntomas tiene?, ¿qué consecuencias produce?, ¿cómo se cura?, ¿cuánto tardará en encontrarse una vacuna segura y eficaz...? No se puede improvisar en la formación de científicos y en la organización de estructuras y de equipos.

Cómo se organiza la investigación. Hemos visto un carrera desenfrenada en la búsqueda de vacunas contra el virus. Hemos comprobado que la competitividad de los laboratorios para ser los primeros (los beneficios son incalculables) ha hecho menos eficaz y rápida la búsqueda. ¿No hubiera sido más justo, más lógico y más económico trabajar de forma conjunta y coordinada en encontrar una vacuna eficaz?

Qué medios se destinan a la investigación. Nos solemos acordar de Santa Bárbara cuando truena. Hemos recurrido a la ciencia cuando hemos visto la necesidad de salvación del desastre. De la misma manera que hemos comprobado las terribles consecuencias de haber desmantelado en algunas comunidades, como la de Madrid, el sistema público de sanidad. Ahora vemos la necesidad de fortalecer la investigación sanitaria. Ahora comprobamos la importancia de tener equipos bien preparados y organizados. Y ahora vemos lo escasos que son los presupuestos destinados al desarrollo de la ciencia.

Al servicio de quién se pone la investigación. Es preciso que la vacuna llegue a todos los seres humanos, a toda la familia que somos. Mi temor es que acaparen las vacunas los países desarrollados y, dentro de ellos, las personas pudientes.

Es importante que se distribuya a la población de forma rápida, con criterios razonables y éticos, como parece ser que se va a hacer en nuestros país: residencias de mayores, personal sanitario, docentes, personas de más de 65 años... Por ese orden. Con esa lógica.

Creo que la población debe responder sin vacilación a la propuesta de vacunarse. Por interés particular y por interés colectivo. Al parecer, van cediendo las reticencias a la vacuna ante la evidencia de su necesidad. En algún país, el primer mandatario ha sido el primero en vacunarse de forma pública y solemne. Me parece bien que se predique con el ejemplo.

La ciencia, sin embargo, no está valorada en la sociedad. ¿Qué nombres de científicos conoce la mayoría de las personas? ¿Qué científicos (y, sobre todo, qué científicas) españoles o extranjeros conocen nuestros jóvenes? ¿Qué importancia se les da en los medios? Se entrevista frecuentemente a gente de la farándula que solo dice sandeces, pero pocas veces se recaba la opinión de quienes saben porque investigan e investigan porque saben. Se conoce de memoria el nombre y la vida de cantantes, futbolistas, actores y youtubers... Ni un solo científico está en el podio de la fama.

Hace falta formar buenos científicos y científicas, liberar presupuestos para que puedan trabajar con intensidad y perseverancia, difundir con rapidez los resultados, poner los hallazgos al servicio de la ciudadanía, dignificar la actividad científica y a quienes la desarrollan, dar visibilidad a su esfuerzo y a sus hallazgos.

Mi querida amiga Lola Alcántara me contó en cierta ocasión una significativa anécdota. Estaban sentados en un banco de la plaza de La Merced de Málaga su padre, el famoso poeta y columnista Manuel Alcántara, y Severo Ochoa, premio Nobel de Fisiología y Medicina. Una señora se acercó para pedirle a Severo Ochoa un bolígrafo. El científico se lo entregó de buen grado. Cuál no fue la sorpresa de los dos genios cuando vieron que la señora se dirigía al Dúo Sacapuntas, un par de cómicos que había adquirido notoriedad televisiva, presente en la misma plaza, para que estamparan su autógrafo en un cuaderno que ella les presentó junto con el bolígrafo de Severo Ochoa. Todo un símbolo.