Se acercan meses decisivos. Y no por la fantochada que tuvimos ocasión de ver el pasado miércoles por la noche en el Capitolio de Washington D.C. Tras la mutación del virus en Inglaterra y Sudáfrica, Londres ha impuesto un confinamiento estricto. Los primeros datos apuntan a un virus no más letal pero sí más contagioso: una pesadilla epidemiológica una vez la nueva variante se imponga como cepa dominante. De reojo, todo el continente observa los movimientos británicos. Suecia dice adiós a las políticas de relajación y Berlín ordena algo parecido a un confinamiento perimetral. Los números no dejan lugar a dudas: más de la mitad de fallecimientos en Alemania han tenido lugar durante este último mes, a un ritmo de mil muertos por día. En media Europa se suspende temporalmente el retorno de los alumnos al colegio, al menos hasta que se doblegue la curva de la tercera ola. Las cifras permiten intuir que esta nueva variante resulta más infecciosa para los niños y que el frío del invierno dificultará la ventilación en lugares cerrados como las aulas escolares. Las vacunas, por su parte, llegan con lentitud - seguramente unos meses demasiado tarde para incidir positivamente sobre el invierno. Hay países como el Reino Unido que han optado por suministrar una sola dosis en lugar de las dos recomendadas. Su valor es epidemiológico: ¡más vale proteger parcialmente al doble de población que plenamente a la mitad! No todos los especialistas concuerdan con esta apreciación. Faltan datos, dicen unos; facilitará la mutación del virus, dicen otros. La realidad es que -más allá de la teoría- vamos contrarreloj. Y seguramente seguiremos así hasta pasado el verano.

Israel ha preferido confinar al mismo tiempo que acelera al máximo la vacunación. Confinar y vacunar para proteger la vida parece la única opción recomendable si la economía aguanta. ¿Lo hará? Nadie lo sabe, porque el extraordinario estimulo monetario de estos meses tiene algo -o mucho- de espejismo, de falsa realidad. Aunque, por supuesto, no quedaba otro remedio si se quería evitar quiebras masivas de empresas y de países. Pero aún así, la pregunta que sobrevuela estas semanas es drástica: ¿lograremos evitar un nuevo confinamiento como el del pasado mes de marzo? Los modelos matemáticos no son optimistas, pero tampoco la realidad responde exclusivamente a las matemáticas.

Si algo hemos aprendido en estos tiempos de pandemia, es que vale la pena adelantarse a los acontecimientos. Resulta preferible avanzarse y sobrerreaccionar a postergar las medidas. Unas semanas -unos días incluso- suponen diferencias epidemiológicas notables. La cuestión consiste en saber si nos acercamos -o no- a uno de esos momentos decisivos. El Reino Unido se encuentra ya desbordado, Alemania teme que le suceda lo mismo. ¿Y nosotros? Aquí, el discurso oficial pasa por decir que la escuela es segura y que los colegios abrirán en la fecha prevista. Confiemos en que no tengamos que arrepentirnos. Porque lo inteligente, sospecho, sería cerrar colegios, hostelería y comercios durante dos o tres semanas y entrar en una especie de semi-hibernación breve que nos permita salvar este match point. Con todo el apoyo económico necesario, por supuesto, a los sectores afectados. Pero la sospecha que se extiende entre la comunidad científica es que con medias tintas no lograremos frenar esta ola y que resulta preferible una actuación contundente a corto plazo que ir ganando tiempo a costa de la vida de muchos ciudadanos.

Acelerar al máximo la vacunación, semiconfinarnos -con la enseñanza en modo online- y preparar el sistema sanitario ante una eventual avalancha deberían ser las prioridades. O, lo que es lo mismo, adelantarnos a la pandemia siguiendo el ejemplo de los países de nuestro entorno, antes de que sea demasiado tarde.