Finalizado el tiempo de recreo enmascarado que nos ha «regalado» la pasada Navidad, llega la calma tensa por el virus acechante. El «General Invierno» del recién estrenado 2021 ha mostrado su dureza y, llamándose Filomena, pisó fuerte como aquella indómita Filomena Marturano que creara De Filippo y tan maravillosamente interpretara Sofía Loren. El invierno sigue, se bauticen como sean las nuevas borrascas, mientras el coronavirus nos sube a la tercera ola, todavía sin reponernos de la segunda. Hasta los niños (¡qué grandes los pequeños!) reclamaron a los Reyes Magos, más sedentarios que nunca, que se vaya el Covid. Que el manto blanco de la nieve caída este enero cumpla, aunque incordie, lo de «año de nieves, año de bienes». Y ayudemos en lo posible. El Covid-19 ha golpeado nuestro ego. Nos cuesta creer lo frágiles que somos.

La lucha contra el padecimiento es tan antigua como la historia del hombre. La creencia en el mal como castigo divino y la muerte como puerta a otra vida ha tenido largo recorrido. Desde los humores o cuatro fluidos (sangre, flema, bilis amarilla y negra) descritos por Hipócrates, ejemplo de honorabilidad médica, cuyo desequilibrio enfermaba, el camino hasta hoy en el conocimiento de las dolencias ha sido arduo y quebrado, combatiendo médicos, curanderos, físicos, alquimistas y brujas la ignorancia, identificando remedios naturales y acumulando saberes tradicionales, pura práctica, o arriesgándose en investigaciones a veces contra leyes y creencias falsas.

De todas las afecciones, las infecto-contagiosas, provocadas por bacterias y virus «desconocidos» generaron pandemias que quebraron sociedades e instigaron cambios importantes. Entre las de origen bacteriano, acompañaron al hombre la temible peste, el cólera, tifus, tétanos o tuberculosis, por no citar más para evitar malestar. La conjunción de la técnica (microscopio óptico) y la investigación empezó a tratar de tú a las «bacterias malas» (las hay buenas) a partir del siglo XVIII, paliando sus efectos con remedios específicos y acciones saludables; su nombre bacteria (bastón pequeño) se divulgó en el XIX. Hasta entonces las sufrimos sin conocerlas bien. Nombres como los de Pasteur o Koch pasan por ser los más célebres fundadores de la bacteriología. La penicilina (los antibióticos) devino en «magia científica» a partir de su descubrimiento por Alexander Fleming, pero hubo que esperar al pasado siglo, apenas ayer para la Historia. Por su parte la lista de morbos contagiosos causados por los virus (veneno) es tan larga que «mete miedo al pánico»: gripe o influenza en sus variantes, viruela, sarampión, VIH, ébola y un largo etcétera. Su fuerza puso en jaque la vida mucho antes de descubrir qué eran (XIX); hasta 1935, con el microscopio electrónico, el virus fue «el enemigo invisible». Pero la experimentación y la observación hicieron posible que fuera contra uno, el de la viruela, que se creara la primera vacuna, obra de Edward Jenner en 1796, consiguiendo activar las defensas del cuerpo; desde entonces las vacunas son esperanza. La mayor «Real Expedición Filantrópica de la Vacuna» a cargo de Javier Balmis e Isabel Zendal y un grupo de niños a modo de contenedores vivientes logró a principios del XIX poner freno a un enemigo que mataba a millones de personas, la mayoría jóvenes, dejando marcados de por vida a los escasos supervivientes; oficialmente se dio por erradicada en 1982; es bueno reiterar su historia. La influenza o gripe, viral, siempre un compañero indeseable, produjo dolor y muerte en todo tiempo. Está confirmado que la pandemia de 1918 causó más muertos que el despropósito de la Gran Guerra, de la que se aprovechó. Si la guerra terminó ese año el final de aquella no cesó hasta 1920, «cuando la sociedad acabó por desarrollar una inmunidad colectiva» a costa de fallecimientos, aunque el virus no desapareció por completo. Hubo que esperar a la década de los 40 para una vacuna antigripal, pero ante tamaño susto los gobiernos prestaron atención a los sistemas de salud pública convencidos de la necesaria cooperación internacional en vigilancia sanitaria, aunque la Organización Mundial de la Salud solo llegó en 1948.

La conjunción entre el revolcón bélico y la epidemia gripal global aceleró transformaciones en las políticas de estado, como la extensión de la cobertura social ante la desgracia; en España, tras la legislación de accidentes, se estudió la jubilación y se avanzó en el descanso obligatorio. La vencida Alemania de la República de Weimar, aunque efímera, puso las bases del estado del bienestar (viviendas sociales o vacaciones pagadas) dando voz a las mujeres. En el orden internacional, nacieron movimientos anticolonialistas de calado en la enorme India de Gandhi. Y es que de cada desgraciado episodio pandémico el hombre quiso olvidarse pronto, pero los comportamientos sociales cambiaron. De los brotes pestíferos en tiempos modernos se valoró la necesidad de limpiar las ciudades, recoger basuras, poner fuentes públicas, facilitar viales adecuados; en el XIX mejoraron las traídas de agua y se instalaron redes de alcantarillado e iluminación; el tratamiento del agua potable y más tarde su cloración frenaron el cólera. En los domicilios pudientes el cuarto de baño se hizo indispensable y hubo letrinas comunes en las casas de vecinos; estos avances se generalizaron en el primer mundo; aún hoy son meta inalcanzada en muchos países (el Día Mundial del Retrete no es broma). En 1921 los países, casi todos, víctimas de la guerra y la gripe, salieron muy tocados y quebrados; demasiados jóvenes muertos, inválidos o impedidos. Ante la falta de brazos, las mujeres accedieron a trabajos hasta entonces vedados. En Estados Unidos el 21% de los empleos eran femeninos en 1920, y el Congreso dio luz verde a su voto. Incluso el aspecto de la mujer se hizo más libre, rompió tabús. Elizabeth Arden repartía pintura labial a las manifestantes sufragistas; 1922 vio el lanzamiento del pintalabios en España. La moda vistió la imagen de una fémina sin corsé; ahí estuvo el ingenio de Coco Chanel. La industria de la perfumería, a medias entre higiene y placer, se incrementó. De algún modo el mundo quiso resarcirse de la pesadumbre pasada con los felices años 20. «La población que consiguió sobrevivir entró en una fase de euforia en todos los sentidos, incluido el económico» y el demográfico, aunque no en todos los países fue posible. La filosofía del ‘carpe diem’ se hizo dominante. Convivir con la parca ya fue costumbre hasta en las «danzas de la muerte» medievales. Cierto que la alegría duró menos de lo que debiera, pues en la década siguiente, los años 30, el enfrentamiento de «ismos» ideológicos irreconciliables, azuzados por la crisis económica, condujo a un nuevo periodo de terror. Algún día aprenderemos a no repetir errores.

Hoy, aunque las expectativas inmediatas de este 2021 no parezcan demasiado halagüeñas, la combinación de la vacunación en marcha y la responsabilidad política y personal pueden enderezar la situación y devolver la vida. Nunca el invierno fue eterno.

[«La larga marcha de la medicina» (dosier). La aventura de la Historia, 181, 2013; Inmaculada Urrea. La construcción de la marca personal de Coco Chanel a través de sus fotografías. Su aportación a la creación de la mujer moderna. Universidad Pompeu Fabra, 2016. (Tesis doctoral en abierto)]