El presidente, el ministro, los numerosos y variados consejeros… Todo el mundo habla ya de la ‘tercera ola’, y a mí ha debido pillarme despistado porque no me había enterado del fin de la segunda. Sin embargo, habida cuenta los avalistas, habremos de dar por buena la razón de que estamos ya en la tercera ola de la pandemia, que al parecer va alcanzando su pico máximo y terrible, según las autoridades ya citadas.

¿Quién va a detener esta marea? No sé si es racional poner nuestras esperanzas en la gestión de políticos capaces de colarse para pillar una vacuna, pícaros de medio pelo, gentucilla sin ética ni estética que pone el brazo por delante de todos y sonríe con esa sonrisa que asoma, como descubrió Agustín García Calvo, en «la cara del que sabe».

Así, entretanto nos llega el turno a quienes esperamos, pacientes y desarmados, la vez de la vacuna, seguiremos con toques de queda, confinamientos y ruina económica mientras vamos poniendo número a la desgracia, llevando la nefasta contabilidad de contagios y muertos, día a día, apenas sin paliativos. Contaremos, así, muertes y oleadas, picos y valles, ese juego de nombres que son sencillos adrede para que no alcancen a mostrar la verdadera dimensión de la tragedia.

La tercera ola, que a lo mejor es verdad y empieza a descender, no va a ser la última. Detrás viene otra apretando su amenaza. Me pregunto hasta dónde tendrá sentido contarlas. ¿Hablaremos algún día con soltura de la decimosexta ola? Tengo mis dudas. Conocí a un novelista, un hombre tristón y agrisado, acaso algo sumergido en sí mismo por el insoportable peso de cargar con su propia pesadez, que se refería a sus novelas por el ordinal, y así te nombraba «la tercera», la «quinta»… Afortunadamente, de la quinta no pasó. También he oído esa nomenclatura en algunas personas al referirse a sus hijos, tal y como lo estamos haciendo con las olas de la pandemia, pero mucho me temo que llegará un momento de la marejada en que nadie querrá decir ya la quincuagésimo cuarta.

Contar las olas… Siempre fue para mí un sueño dorado, uno de esos sueños que sabes que jamás se cumplen pero que viven en ti y te alimentan, ser el plusmarquista mundial de contar las olas que rompen en la playa. Gastar mi tiempo así, entre mareas y vientos, bajo el sol, sin más preocupación que no perder el hilo del oleaje y su azul esperanza.