La presidenta del Congreso ha anunciado que habrá un acto protocolario en la Cámara para conmemorar el 40 aniversario del 23-F. ¡Quieto todo el mundo! Ya la hemos liado. Hay ganas de jarana. Conmemorar será celebrar para algunos. Para otros será repudiar. Estamos para fiestas. Para enfrentamientos. Yo el 23-F, aquel 23-F, lo pasé en casa. Mis padres no me enviaron al colegio y recuerdo a una vecina que muy nerviosa subió a casa a oír la radio con nosotros. Se puso a fumar. Yo nunca la había visto fumar. A mí me parece que cuando hay un intento de golpe de estado la gente se da al fumeque, claro, también al mollate. Aunque lo más práctico, a no ser que seas afecto, no es ir a buscar la pitillera o la botella, sino la frontera. Para huir no vaya a ser que te metan en el trullo, te lleven a un paredón o te den el paseíllo. A la tarde de aquel 23-F ya pegó un amigo en mi hogar y me dijo, mira, esto es un rollo vamos a jugar a la pelota un poco y así nos pusimos a pegar balonazos en una calle desierta, no sé si estaría todo el mundo conspirando. El caso es que le marqué varios golazos en atinados chutes de derecha que entraban por la improvisada portería, dos piedras a metro y medio una de otra y sin larguero o travesaño. Sudamos bastante. Lo del Rey lo sé más porque me lo han contado, la verdad es que yo creo que cuando subí a casa atisbé algo del Borbón vestido de militar pegando la chapa para contribuir a desactivar aquello, pero no estoy seguro, sí me acuerdo de que me hinché de agua, hay que hidratarse, no vaya a producirse un cambio de régimen y le pille a uno seco. Pensé. No, mejor dicho, lo pienso ahora, no creo yo que en aquel entonces yo elucubrara tan fino, bastante tenía con no catear matemáticas, que me traía por la calle de la amargura, tanta raíz cuadrada o divisiones y tanta leche, total, eso lo hacen las calculadoras. Yo no creo que Tejero ni el Rey ni Armada supieran hacer raíces cuadradas, y ahí estaban los tíos, que hay que tenerlos cuadrados, chupando cámara. Por fortuna, el golpe fracasó y yo creo que aquella noche cené salchichas, que era más bien un alimento vedado en días laborables y reservado para fines de semana. No son muy sanas las salchichas, tampoco los golpes de estado, pero terminó bien la jornada y tal vez el salchicheo fue una forma de celebración del triunfo de la democracia. Yo sí que triunfé, día sin colegio, balonazos al atardecer y una cena opípara. Que en aquel tiempo, desconocedor de tal palabra, seguro que califiqué de guay o cojonuda o perita. Qué perita cenar salchichas. Nos espera un evento donde afloren las divisiones, en España hay ya menos unanimidades que filoxera. Menos consensos que tréboles de cuatro hojas. Es un poco salchichero todo. Democracia sí hay. Mi vecina vive aún y no ha vuelto a fumar.