Todavía recuerdo cuando me topaba en todos los festivales con Love of Lesbian, Lori Meyers y Supersubmarina. Otra vez, me quejaba para mis adentros. Lo que daría ahora por volver a verlos y sentir en mis huesos la noche fría y húmeda junto al Segura en aquel último calambrazo de primavera del SOS de Murcia; escapar al aguacero de Kobetamendi en mitad de una actuación de Primal Scream, pisando los charcos y sorteando el barro que convertía el BBK en una suerte de Glastonbury con pintxos, gildas y zuritos; cobijarnos mi amigo Conrado y yo bajo las marquesinas del Primavera Sound mientras la muchachada ninguneaba a Dr. John y saludaba los goles de aquella final de Copa; abrasarnos al sol del Low Festival y descubrir entre la muchedumbre al batería de Placebo o presumir con Martín Capsula de los tatuajes de Bowie, la misma noche gloriosa en que nos arrodillamos ante la eternidad imborrable de Ziggy Stardust; llegar a Benicàssim y esquivar otro chaparrón entre miles de británicos nada más terminar el concierto de Paul Weller.

Los cincuentones de la era postcovid somos el replicante de ‘Blade runner’, pero en abuelo Cebolleta. He visto rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. En mi memoria, muchos de esos momentos están asociados a una lluvia torrencial cuyo ruido se perdía entre los decibelios de Jesus & Mary Chain o tras una actuación de Stranglers. La lluvia es tristeza y recuerdo aunque siempre acabara saliendo el sol.

La vida antes de esto. La pandemia sirve de excusa para la nostalgia y la melancolía. Es la vía rápida para añorar una época arrumbada en el estado de alarma y levantada como un mecano cuyas piezas se acoplan a base de recuerdos, besos en la madrugada, viajes por Europa, compras en Camden y un par de tequieros. Vivir es coleccionar momentos como hacía el payaso de Böll. Los de 50 nos recreamos en nuestra letanía sin pensar en la cantidad de momentos que no pueden coleccionar los de 20 y los de 30, maldita sea. Al menos, nosotros estábamos allí, gritando, haciendo el ganso, ladeando la cabeza y tamborileando al aire y alzando los brazos en mitad de un estribillo de Suede. Somos esa generación que veía conciertos en plazas de toros. La juventud es el suelo de vasos de plástico de un festival, la polvareda del Arenal Sound y el olor a hierba mojada de Kobeta.

Faltaban los franceses, que han convertido Madrid en el 21 arrondissement de París. Admito formar parte de ese grupo de adultos que aprietan el puño cuando ven en televisión a jóvenes saltándose las restricciones, bailando, bebiendo sin distancia social, la mascarilla en el codo, besando a una chica o a un chico que acaban de conocer en Tinder. Luego lo pienso y, qué quieren que les diga, es una temeridad, pero les comprendo y daría un brazo por volver a esa edad en que coleccionábamos retales de vida. Un día fuimos ellos, pero sin pandemia.

Los mismos Love of Lesbian con que me encontraba un verano tras otro van a dar un concierto para 5.000 personas libres de virus y en condiciones similares a las anteriores a marzo de 2020. Me gustaría acudir y gritar canciones que al final conseguí aprenderme, aunque no voy a hacerlo. No debería asistir nadie que ya no cumpla los 40. Habría que dejar que el Sant Jordi se llenara de más adolescentes y menos replicantes. Dénle las entradas a sus hijos y contribuyan a ensamblar el puzzle de recuerdos de esa juventud estigmatizada en el estereotipo del botellón. No podrán entrar sin la FFP2 y sin la prueba de antígenos. Quizá no sea una mala forma de predicar la educación sanitaria. Y no encuentro otro modo mejor de que disfruten allí donde solíamos gritar.