La Semana Santa ha sido una semana más, quitando a unos cuantos privilegiados que, o bien con permiso o bien con mucha cara, han conseguido cruzar fronteras y pasar estos días de fiesta donde han querido. El resto se ha quedado en casa atrapado en la monotonía de una pandemia que no da para mucho y ya cansa. Y lo peor de todo es que si no hacemos algo para evitarlo o, mejor dicho, si no hacemos todo para que no ocurra, el verano puede ser muy parecido.

Y eso sí que no, al verano hay que salvarlo sí o sí. No creo que seamos capaces de aguantar hasta septiembre bajo la férrea férula de un estado de alarma, la economía no está para que le pongan más trabas, otro golpe pudiera ser ya el de gracia, pero es que la salud mental tampoco anda muy sobrada, la gestión de las emociones y las dificultades a las que nos está sometiendo este virus está haciendo mella en buena parte de la población, sobre todo en los más mayores, que están siendo protegidos con aislamiento, que es algo así como recetar para el insomnio seguir despierto.

Nos queda poco más de dos meses para conseguirlo. Muy poco. Y más sabiendo que abril y mayo se nos pasarán en un suspiro; ahora por las elecciones en Madrid que han adquirido importancia estatal; y luego por las peleas entre los que ganen y pierdan, y de pronto ya estaremos en junio a las puertas de un verano que deben estar abiertas. Ojalá empujemos todos en esa dirección, y la vacunación avance lo suficiente, y las medidas se respeten y establezcan con criterio solvente. Ojalá veamos a tiempo que lo mejor para todos y para cada uno ahora más que nunca es lo mismo, porque necesitamos un verano que nos devuelva a la vida y nos la salve.