A veces me paseo para tener algo de qué escribir. No faltan las ocasiones en las que doy un paseo para describirlo después. Incluso hay días en los que escribiendo invento un paseo. Cuando alguien escribe mal se dice que escribe con los pies, pero si los usamos mucho podemos acabar tan cansados que solo tengamos ganas de sentarnos. En el escritorio. Cuántas novelas, cuentos, narraciones, obras de teatro o epitalamios habrán salido del cansancio de un escritor novato o consagrado que exhausto de tanto andar se haya sentado en su cómodo sillón de trabajo y por puro instinto, impulso o agotamiento se haya puesto a teclear. Tal vez no como un poseso, pero da igual, grandes obras se han escrito con tranquilidad, poco a poco. Hay quien escribe de buena mañana y a las nueve puede decir aquello de González Ruano: «Ya estoy escrito». Otros dejan pasar esos días que vienen cargados de argumentos y se ponen a escribir de noche, pero se les meten en el folio las obsesiones, los fantasmas y miedos, los ecos de los asesinatos de las series de Netflix y entonces paren unos textos pesadísimos o truculentos, quizás pesimistas.

Anoche estuve leyendo la vida de Enrique Gómez Carrillo, que vivió 53 años y escribió 80 libros e innumerables artículos en la prensa. Pensé: qué barbaridad, este hombre lo único que hizo en la vida es escribir, así que para completar el bucle, en justicia, hay que escribir de él. Escribir de lo mucho que escribió. Pero hete aquí que Gómez Carrillo se casó tres veces, una de ellas con la gran actriz Raquel Meller, tuvo decenas de amantes, fue diplomático y en un prodigio de aprovechamiento del tiempo pudo hasta cambiarse el segundo apellido. Se llamaba Gómez Tible, pero los cachondos de las tertulias le decían comestible. Se lo imagina uno fornicando y escribiendo y viajando, vivió por todo el mundo, se emborrachó en todas las noches de Europa, y tal vez diciendo a los 53 años «ya estoy escrito». Me pregunto si tendría tiempo para paseos.