Algo guarda Málaga, a pesar de lo que ha crecido, de cierto aire pueblerino cuando seguimos conociendo a muchos de nuestros vecinos y cuando saliendo al barrio o al Centro nos encontramos con caras conocidas y aún nos miramos a los ojos, e incluso nos saludamos y hasta podemos charlar alegremente.

El otro día me volví a encontrar con una clásica con la que siempre me topo, especialmente al doblar una esquina. La veía tantas veces que ya no reparaba en su presencia, y eso que en algunas ocasiones la he encontrado especialmente encantadora, pero es lo que tiene la asiduidad o la monotonía, que implanta una fea costumbre de no expresar o de no participar lo bonito que nos rodea a diario, aunque sea de vez en cuando. Pues la encontré un poco apagada, o eso me pareció, y al interesarme por ella me di cuenta de lo que sufría en silencio, de lo fea que se sentía, de lo que había sido, lo que había trabajado, lo que había dado y que se encontraba más desvencijada que nunca. No sé sentía querida. Como todos los adultos, acopiamos bueno y malo y nuestra mera presencia puede alegrar o doler a según quién, pero a ella no le encuentro el reparo, porque ella ha sido siempre nuestro Faro: La Farola de Málaga, que puede dejar de alumbrar a la costa porque un rascacielos le hará sombra con su altura y no hay más locura que no darle consuelo y el lugar que merece, que sin Faro no hay guía y perdemos el rumbo. Disculpad la frivolidad de esta personificación o prosopopeya, pero reconocer y valorar nuestro patrimonio es fruto de la enseñanza y educación de nuestros mayores, y ese legado no se compra ni se vende, se disfruta.