Apenas escribo de política. Es por pura cobardía. No por lo que piensen los demás, ya estoy viejo para esos miedos, sino por el terror de enfrentarme conmigo mismo. Con mis incoherencias, mis inconsistencias, mis pragmatismos y, por encima de todos los monstruos de mi ideología, mis desencantos. Tengo la fortuna, que es una desgracia bañada en oro, de que son tiempos de espuma y no de coral. Debatimos sobre palabras. Parecemos poetas. Lo bueno de las palabras es que nadie va a matar por ellas. Los números son otra cosa, por los números se arman ejércitos y se bombardean hospitales. Por los números se agostan las generaciones y se descabezan los gobiernos. Pero las palabras son como una riña de discoteca, en la que dos borrachos se amenazan de lejos mientras sus amigos los separan. Humo. Batallitas que contar al día siguiente. Poca cosa.

Creo, puedo estar equivocado, que la política es más sencilla de lo que pensamos. Hay quien ve fantasmas trajeados, sesudos análisis y estrategias delicadas como mariposas. A mí me da que, como en todo lo que importa en este mundo, la política no es más que pasión, vanidad, amores inesperados e intuiciones ruinosas. Como los malos ilusionistas, los que están en el poder exageran estrambóticamente sus actuaciones. Parecen más serios, más oscuros, más etéreos, de lo que son en realidad: apenas un puñado de hombres y mujeres que cobran dinero por gestionar nuestro dinero. Gente que odia, que teme, que sufre y que calla más de lo que dice, más por miedo a perder su nómina que por miedo a no satisfacer nuestras ilusiones. Hay una historia maravillosa en cada cese y una explicación descorazonadora para cada nueva elección. Votamos creyendo que en la urna nos dan pinceles, pero la realidad es que aquí cada vez pintamos menos. Si algún día me meto en política, empezaré pidiendo perdón por las promesas que incumpliré y las calles que dejaré sin asfaltar. Por desoíros y sobrescucharme. Votadme. De los malos, no seré el peor.

Tengo cuarenta y un años y la necesidad de responder a la única pregunta que, a mi edad, merece ser contestada: ¿Moto o pelo? ¿Luchar contra este bárbaro decenio a lomos de una 125 cc bonita pero barata o dar batalla a los clareos craneales que se muestran impúdicos y rezongones frente al espejo? Iván Redondo se ha ido, dice, por decisión propia. Yo le creo. Hasta de mandar se cansa uno. Los que saben de esto me dicen justo lo contrario: que le han echado y que del poder uno nunca se aburre. Tengo una amiga que dice que nada hay más agotador que decidir por los demás. Por miedo a equivocarse, por mera supervivencia, a todo el mundo le da pánico pulsar el botón. Incluso a los que han sido contratados para pulsar el botón. Esos que inventan comisiones y debates interminables sobre la necesidad o no de pulsar ese botón, para el que han sido contratados. La política es una senda luminosa que convertimos en laberinto. Más toro que héroe. Más cháchara que hondura. Redondo, al poco de tocar pelo, se puso ídem. Pablo Iglesias, por su parte, tuvo que dejar la moto. Los hombres somos infinitos en nuestra ternura. Ninguno de los dos está ya. Tampoco Edmundo Bal, que fue a un debate en una Harley. La política es una picadora de maduritos sin interés. Otros han llegado a sustituirles. Las clínicas y los concesionarios se frotan las manos. Mientras, Irene Montero fuma en chanclas en el Congreso. También debatimos sobre eso. Como gaviotas, nos lanzamos a las sobras del chiringuito mientras dentro, los de siempre, arrastran con los dientes el bicho de una coquina. Hablo poco de política. La veo como al E.T. blanquecino y malito que agoniza en la camilla. Quiero salvarlo, quiero que se ponga bueno, pero es sólo una película. Soy un espectador absorbido por las tinieblas de mi salón. Lo que pasa al otro lado de la pantalla me hace llorar, pero es pura ficción. Para E.T., simplemente, no existo. Y así seguirá siendo, por más veces que le demos al play. En septiembre quiero que me analicen el pelo, que me prevengan, que me tutelen las alopecias futuras. No tengo nada en contra de los calvos, pero tampoco a favor. Tengo miedo a envejecer, pero más miedo tengo a envilecerme. Para lo segundo no hay microinjertos. No sé a dónde vamos, pero quizá me toque ir en autobús. Todo no puede ser. Pelo o moto. Vacaciones o coche nuevo. Alquiler o hipoteca. Dramas del primer mundo. Imaginad cómo están las cosas por abajo. Mientras, lejos de los iphones y los contrapicados del Instagram, la ciudad amanece temprano, embadurnada de ruido. La nueva ministra es nieta de criados, ¿de dónde se cree que venimos los demás? Modernas servidumbres. Llegar a casa apenas para preparar la cena y acostar a los niños. Descansar las rutinas sobre la espalda de los abuelos. Cambiar de supermercado para ahorrar. Borrarse del gimnasio, empezar a trotar. Juntar para lo pequeño, desechar lo grande. Llevarlo todo con dignidad y una sonrisa. Meterse poco en los fregados de Twitter. No alimentar el ego de los demás. Romper la propaganda. No escribir al dictado de los que mandan. Buscar, tontamente, un camino. Criar a los enanos. Descongelar las pechugas. Sin dramas. Sin presumir de origen humilde, sin esa cosa tan hortera que es creernos legitimados para reñir por haber llevado zapatillas baratas de pequeño. «La vida son tres días y dos están nublados, así que vamos a aprovechar el día que hace bueno», dijo María Jiménez. Y, al menos hoy, yo no estoy en condiciones de llevarle la contraria a esa reina.