Marcará el reloj del tiempo ausente las 21.21 horas, cuando hoy el otoño aporree nuestra puerta con ademán sigiloso y la noche ecuánime sea testigo del devenir de un período donde habita la equidad entre las luces y las sombras. Se inicia un periplo de una vuelta a nuestro propio mundo en 89 días donde peregrinaremos junto a él copartícipes en esta odisea de transición, en la cual advertiremos, de nuevo, la sutileza de los rostros otoñales. No sé el porqué, pero siempre esperamos estar más tristes en otoño; una parte de nosotros fenece por esa luz más frígida que ilumina este equinoccio y nos dirige hacia una ternura íntima sin cortapisas; a un estado suave de obsolescencia enmarcado de nostalgia al contemplar cómo la multitud se regenera en gente de otoño, observando los paseos solitarios de las almas quienes ya presagian el olor a tierra mojada; a esa anhelada lluvia que apague ese fuego tan inmortal como devastador.

Como una avenida en otoño, tan pronto como se barre, vuelve a cubrirse de hojas secas; en esta última época, lamentablemente, frondas calcinadas. Por un lado, el fuego criminal originado por unos entes perversos quienes han devastado una de las joyas exclusivas de nuestro patrimonio natural: Sierra Bermeja ha sucumbido tras un atentado inmisericorde donde la sinrazón dejó la más absoluta asolación, transfigurando una de las superficies más bellas del mundo en un campo de muerte. De sus hermosos matices, ha pasado a ser la tierra sombría de un infierno provocado. Por el otro, la naturaleza, perseverante en el despertar de sus entrañas, está convirtiendo La Palma –Isla Bonita- en un piélago de lava que busca el ansiado mar para estrecharlo con su pira. Cumbre Vieja agoniza alumbrada entre las luces tristes de un fuego aún más fatuo. Octavio Paz me susurra: «En llamas, en otoños incendiados, arde a veces mi corazón, puro y solo». Otoño encendido.