El otoño y el acebo

Cuenta una antigua leyenda, que en un bosque de hayas, enebros, chopos y arces llegó don otoño. Solícitas, esperando a que les dejase su rico presente en la palma de la mano, todas las hojas de aquella arboleda acudieron alegres y risueñas a recibirlo. Todas, menos algunas. Cuando se presentó don Otoño en el cerro, como todos los años fue depositando una moneda para que cada una se comprara el traje que más a juego fuera con el tipo de árbol al que pertenecía. Y a todas repartió, menos a algunas que no querían cambiar, estaban bien así. Cuando don Otoño se marchó, ilusionadas, todas corrieron a la tienda para comprarse su vestido. Y al ponerse cada una su atavío, toda la colina era una fiesta. Y cuando el sol penetraba en la arboleda a través de las hojas, era como una sinfonía de tonos terrosos. Todo era algarabía en aquellos días. Todo era derroche. Hasta que un día; todas las hojas empezaron a caerse al suelo, secas, tristes, quebradizas. En el suelo yacían todas apelotonadas de cualquier manera. Y los animales las pisoteaban sin ningún cuidado cuando pasaban por allí. Y cuando soplaba el viento, unas se iban para aquí y otras para allá. Todos los árboles quedaron desnudos. Todos, menos uno. Y sus hojas eran de un verde profundo y hermoso. Y tenía infinidad de preciosas bolitas rojas. Y éste se sentía jubiloso mientras que los demás, estaban afligidos y desconsolados...

Venancio Rodríguez Sanz. Málaga