Miguel Ángel Arredonda, estando una tarde en El Gallo de Indias, y tras una sabrosa conversación, me comentó «Pepe, tú eres un utópico y, por tanto, nunca podrás pertenecer a un partido político»; creo que me definió con acierto.

He militado en UCD y Partido Andalucista; en su día dejé las dos formaciones, pues no voy a ser tan fatuo afirmando que fueron ambas instituciones las que me dejaron a mí.

Veía todo de una forma muy utópica, tal vez porque el modelo que sostuvo mi vida durante bastante tiempo -y todavía colea algo- fue el mayor de los utópicos que ha ejercido vida pública en este mundo de lamentaciones.

Me voy de este mundo con las ganas de haber votado a Julio Anguita, aunque fuese en una sola ocasión. Lo escuchaba y me quedaba traspuesto del rosario de verdades que decía, y pensaba que sería bueno votarlo, pero llegaba el momento de la verdad, y nunca lo hice; y me arrepiento.

En esta hojarasca otoñal que nos aplasta, deambula una casta política que nada me dice, hago clara excepción del incombustible Francisco de la Torre, alcalde de «esta ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia» que, contra todo pronóstico, ha superado espacio, tiempo, siglas y temples políticos; y ahí está, dispuesto a lo que le echen.

Creo que los próximos comicios electorales podrían ser los últimos que vean mis cansados ojos. Y ahora -por lo que veo, leo y escucho- existe, en todo este tumulto de codazos por aparecer y parecer más de lo que se es, una señora que se distingue del resto por su forma de hacer, sonreír y saber estar; trípode importante, que me va ganando, como en su día hiciera el califa Anguita.

Yolanda Díaz tiene caché, sonríe y trabaja; es una caricia política.