Hay que exhumar los abrigos, sacar la rebequita, aumentar el grosor de los calcetines. Vuelven las bufandas. A mí siempre me han gustado más para hacerles greguerías. Hay bufandas que escriben mejor que sus escritores. Llega el mal tiempo. Mejor sería decir llega la lógica climática, el otoño serio, el noviembre típico, los días cortos y el frío. Las castañas no son para el verano, lo cual podría ser el título de una novela que fuera continuación de las bicicletas son para el verano. También para el carril bici son las bicicletas, conviene advertirlo a varios aficionados a pedalear pero despistados. Muchas bicicletas saben mejor dónde van que sus ciclistas. Un ciclista con bufanda es como un animal mitológico moderno cuya cola acaricia el rostro del que va detrás. A diario, no pocos ciclistas se pegan una castaña.

Este fin de semana llega el frío de verdad. Noviembre es una chancla triste abandonada en un sótano. Me deja frío la gente que está loca por sacar el abrigo. Este otoño no se llevan los tonos luminosos, que la luz está muy cara. Hay un cálido placer en enfundarse al fin una suave prenda de lana, una buena chaqueta y hasta unos guantes para salir a la calle a cazar adjetivos. Cuando vemos caer una hoja de un árbol somos notarios del otoño, anotamos ese acto en nuestra retina y memoria y entramos luego a un café cálido a refugiarnos de la inclemencia de la enemistad, la lluvia y la ventisca. El café, que en las novelas siempre es «humeante», nos sabe estos días a primera hora mejor que en esas mañanas de solazo y de ese insoportable calor que en las malas novelas siempre es «asfixiante». Miente el que escribe «un calor asfixiante», dado que no se asfixia y sí tiene fuerza para perpetuar el tópico. Llega el frío y llegan los reporteros condenados a informar bajo cero de lo obvio. Forrados con esos plumas de colores. También los hay mancos. Los llaman chalecos. Colecciono columnas de periódicos en las que se habla del cambio de armario. Prefiero un martillazon en el pie. Las verdaderas casas inteligentes serían aquellas en las que bastara un golpe de voz: jerséis, den un paso al frente. 

Con tanto ajetreo nos estamos olvidando de la palabra anorak. Una cara de verano y un otoño dentro. Los pies fríos a las cuatro de la madrugada. «Te quiero», no está mal, pero «tengo calefacción central» me parece mucho más romántico.