Escribo estas líneas desde un asiento helado. Desde el banco de un andén que soporta estoico el caos de cada mañana en la estación de La Colina. No estoy solo. Hoy volvemos a ser multitud quienes llegamos a esperar hasta una hora para sentir ese silbido del tren que debería resonar cada 20 minutos. Pero aquí nadie explica nada y en la página web tampoco se avisa del desaguisado. Sólo hay un rótulo luminoso del que no todo el mundo se percata. A veces, es la voz enlatada de la megafonía la que refuerza el mensaje con una ristra de horarios que siembran la confusión e invitan a tirar de las matemáticas para saber si el vagón rojiblanco de tu rutina vuelve a estar en el limbo.

Llevamos ya varias semanas así. Y ahora, encima, hace frío. Solo sabemos que nos hemos acostumbrado a jugar a la ruleta rusa de las cancelaciones y a llegar con la cabeza agachada a nuestro puesto de trabajo. El que pueda hacerlo, claro, pues existen quienes tienen que gastarse en un taxi lo que van a ganar ese día trabajando para estar en Málaga a la hora para la que Renfe le había vendido un billete, que más bien parece el décimo de una lotería sin premios.

En verdad, la mayoría de las ocasiones ni siquiera hay convocada una huelga, aunque llegan a suprimirse casi una veintena de servicios que incluso coquetean con la hora punta. Es el retraso nuestro de cada día. Un atentado contra la presunta normalidad que no se pone en la piel de quien, «por motivos técnicos», sigue esperando como Penélope. También hemos aprendido a convivir con los eufemismos y en nuestras cabezas retumba durante un buen rato el eco de la frasecita «rogamos las disculpas».

Dicen que faltan maquinistas, que hay una huelga encubierta o que todo es fruto de una sarta de recortes y de la falta de voluntad por hacer las cosas bien en la red ferroviaria que pagamos entre todos. Que es un problema que sufre todo el país y que va mucho más allá del calendario de movilizaciones establecido por los sindicatos.

Sea lo que fuere, el Cercanías que comunica la capital malagueña con Fuengirola se ha ganado a pulso un sobrenombre que ha aprobado las oposiciones a antónimo. Este otoño, le han empezado a llamar El Lejanías.

Con todo lo que eso significa. Con todo lo que nos perjudica. La situación actual genera realidades tan impensable como la que te sitúa, junto a la vía, a una hora de lugares como el Plaza Mayor o el Aeropuerto cuando deberías llegar en menos de diez minutos. Además, subes con recelo a lo que antes era la extensión metalizada de tu casa.

En el Cercanías siempre nos hemos desperezado en confianza. Hasta nos hemos mostrado como realmente somos. Hay un viajero que suele arremangarse el pantalón para que veamos el escudo del Barcelona que lleva tatuado en el gemelo.