Hay rachas en las que duele especialmente encender el televisor y ver a la sociedad que respiramos a diario reflejada en los ojos del telediario. La actualidad resulta sangrienta y molesta cada vez que deforma la realidad de la que bebe para mostrarla tal y como es. Si ciertos políticos se asoman al marco transparente de los espejos cóncavos del madrileño Callejón del Gato, el destello puede asustarlos a ellos mismos. Sin ir más lejos, en Andalucía aún nos pilla demasiado caliente el plato de mal gusto con el que despertó el martes en la Cadena Ser.

El polémico audio de Juan Marín sobre los presupuestos andaluces evidencia con excesiva fidelidad los tics hipócritas y sobreactuados que suelen mover los hilos de la política actual. El pulso de las instituciones que nos gobiernan oscila entre las bambalinas en las que se cuece cada maniobra y el teatro que se hace público para marear la perdiz. Para ganar tiempo y tener entretenido con la pertinente dosis de ‘pan y circo’ a la necesaria masa votante. Existen, incluso, quienes defienden que casos como el protagonizado por el vicepresidente de la Junta de Andalucía y líder regional de Ciudadanos es solo la punta del iceberg tacticista con el que se juega al despiste con la opinión pública. Que es para no creerse de la misa que nos inyectan ni la mitad.

La escenificación y la batería de medias verdades están, por desgracia, omnipresentes en todo lo que se mueve alrededor de quienes manejan un bien como el de la democracia, al que ni sus propios actores principales le dispensan el respeto y el cuidado que precisa para gozar de un estado de salud solvente. Como ejemplo valen, incluso, las competiciones de esgrima que rodean los procesos internos en los que cada partido político reparte el poder orgánico. Véase el estado de oportunismo actual que impera en el PSOE de Málaga, que este domingo se va de primarias. O el congreso regional del PP que me tiene este fin de semana en Granada.