Estaba leyendo la prensa y me topé con la noticia del día: «Cómo cocinar el pavo de Acción de Gracias». Ay, madre. La cosa no es solo que ahora los titulares sean interrogativos; es que además nos hablan de algo completamente ajeno a la mayoría de nosotros. Acción de Gracias. La fiesta más popular de Estados Unidos, el fin de semana con más vuelos y atascos del año, la sagrada ocasión, más que la Navidad, en la que las familias norteamericanas se juntan. Y comen pavo. Es el último jueves de noviembre y la tradición viene de agradecer la cosecha. De celebrar la culminación de los trabajos de recogerla, también. Aquí lo que estamos cosechando es una escalada del virus, una conflictividad laboral galopante y una inflación, palabro que había sido eliminado de nuestro vocabulario y que ahora vuelve con fuerza. La inflación es que todo es cada vez más caro y los precios van al alza con mucha más rapidez de lo que sube el poder adquisitivo. Vamos, que no llegamos a fin de mes. Y dando gracias. Eso, demos gracias. Acción de Gracias. Pavo en la mesa y no lo rellene mucho si no quiere que quede seco. A mí no me importa que se importen fiestas ni que haya una buena excusa para compartir un cenorrio. Que también se puede preparar y no compartir con nadie, claro. Los que se oponen a enriquecer nuestro acervo, o sea, a que también celebremos Halloween, por ejemplo, lo tienen fácil: que no lo celebren. No amarguen, por favor. No es obligatorio comer pavo, ya me veo el Acción de Gracias a la española, con su tardeo de copas y el besugo o el cordero en lugar del pavo en la mesa. Vamos camino de duplicar la Nochebuena. Para un pavo de ocho kilos se necesita un horneado de ocho horas y de cuando en cuando hay que bañar al pavo con su propio jugo. Está uno tratando de desentrañar la crisis entre Ayuso y Casado pero se topa con cómo desentrañar un pavo, al que hay que quitarle las vísceras, claro. Algunos líderes políticos también van como pavo sin vísceras, que sería una actualización de lo de «pollo sin cabeza». O van a misas donde se venera el escudo del pollo, que es como se llama coloquialmente al águila franquista. El pavo se pone luego acompañado conguarnición de patatas, guisantes, puré, verduras, quizás una mermelada de frambuesa, todo colorido y a ser posible con comensales que exhiban jerseys gruesos con dibujos de renos o trineos. No está mal, ya que nos ponemos, dar gracias por seguir vivos, por ver de nuevo el cielo a cada jornada y poder escribir artículos en los que uno no se ponga cual señoro a despotricar de lo nuevo o extranjero. Para mí pechuga. Gracias.