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José María de Loma

Contracrónica

Jose María de Loma

El que calla, Astorga

La candidata de Vox a la Presidencia de la Junta, Macarena Olona, en su intervención en un acto público en Córdoba. Rafael Madero

Macarena Olona ha estado tres días sin actos de campaña en Andalucía a la espera del mitin con Santiago Abascal. El silencio es un arma que los políticos emplean poco. Para algunos estrategas, son tres días perdidos, para otros, lo importante es la marca, Vox, en alza, con un mensaje monolítico, simple. Su programa de campaña es un decálogo. Olona la silenciosa tiene sin embargo una actividad subterránea, que paradójicamente está muy a la vista: publicidad en los medios tradicionales, en los que no creen demasiado, muchas redes sociales, muchas reuniones con colectivos casi a puerta cerrada. Olona era más fresca cuando no imitaba la cadencia verbal de Rocío Monasterio. El pionero en decir cosas tremendas pero con un tono de voz melifluo, como si te estuviera aconsejando de tapadillo una crema para el acné, fue Pablo Iglesias, que un buen día dejó de gritar y se puso a susurrar, a hablar bajito, a pausarse. Al principio muchos creíamos que se estaba quedando sin batería. En este país cuando alguien se queda sin batería lo enchufan, aunque el enchufe principal sigue viniendo por conocer a alguien o ser pariente de alguien. Olona camina por la campaña a la chita callando igual que otros se deslizan por ella a la chita hablando y hay una cierta expectación por comprobar cómo va a desenvolverse en el debate del lunes, el de Canal Sur, el segundo de campaña tras el celebrado por TVE. Aquí estamos; escribiendo un artículo que habla de Olona por el hecho de que Olona no habla, lo cual es hablar del silencio y no silenciar que no habla. No faltan las habladurías sobre los motivos de su silencio. Cuídate de los que en el silencio ven paz, decía Bismarck, al que le gustaban más los jaleos y la guerra. Aunque no gustándole el silencio fue el inventor del fondo de reptiles: pagar a alguien para que se callara. El artista de la conversación dosifica los silencios. El que calla, Astorga. Hay quien vale más por lo que estalla que por lo que habla. Hablando se entiende el pariente. Describir el silencio como ejercicio de un taller literario y que el profesor se calle la nota. «No tengo palabras», suele decir el que, en efecto, no tiene nada que decir. Hay silencios que son clamores. En esto pasa como con ciertos ninguneos: otorgan mayor protagonismo al ninguneado. La expresión manto de silencio da a entender que el silencio puede abrigar, pero a veces refresca, un refrigerador de silencio. Una sabanita de silencio. Se dice guardar silencio como si nos lo metiéramos en los bolsillos, siendo mejor proporcionárselo a los demás. Esto es como la atención. En inglés es pagar atención y en español prestar atención.

Han silenciado mi campaña, dice a veces un candidato que no repara en que no ha dicho nada. En las televisiones públicas, el tiempo que se dedica a la campaña está tasado, algo que es ajeno al criterio periodístico. Se da el contrasentido de que hay que dedicarle el tiempo que le corresponde incluso al partido o candidato que no ha hecho nada ese día o ha guardado silencio.

Los políticos no es que no se callen ni bajo agua; es que no la rozan no vayan a tener que callar. «Ese habla más que siete», se decía en algunos pueblos. Vamos entrando en la zona de campaña en la que los nervios se van a hacer más patentes: o sea, habrá más palabras, más intentos de seducción, los piquitos de oro hasta en las esquinas. «Es su turno» es la expresión favorita de cualquier candidato. Y «seré breve» su mayor mentira.

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