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Mariano Vergara

Mis días marinos

Mariano Vergara

Elogio y nostalgia de Toledo

Los nuevos dioses. De Pablo Genovés. Un tsunami entra en la Catedral de Málaga.

"En estos días de verano", que cantaba Amaral y que mi hermana Cristina y yo oíamos constantemente cuando nuestra madre murió, en la frontera incierta entre la nostálgica belleza y la dolorosa melancolía, por aquello de «para borrar del pasado el daño que te hice yo, nunca vas a saber cuánto te quise», incomprensiblemente sueño más con mi padre, o de mi padre, que con mi madre, o de mi madre, porque posiblemente en un caso solo había infinito amor, que no es poco, y en el otro ejemplo y generosidad, que a veces es más, que iba calando en mi cabeza sin darme cuenta, como si de la lluvia fina y benéfica se tratara, cuando empapa la tierra de brillantes gotas y huele a hierba mojada y las nubes se arremolinan en múltiples tonos blancos, grises y negros y se produce un rompimiento de gloria en el cielo, como en el Transparente de la Catedral de Toledo, cuando el sol entra por el óculo del techo y apunta, como la flecha del arcángel al corazón de Santa Teresa de Bernini en Roma, al centro del sagrario que custodia al Santo de los Santos, tras el majestuoso altar mayor de múltiples oros de Juan de Borgoña, del prodigio de arcángeles que se desploman, que tanto odiaba Galdós, a veces agarbanzado según Valle-Inclán, que comparaba a los querubines con langostas y percebes, trepando por las columnas estriadas del maestro Mateo, en ese delirio barroco que derribó del caballo a Anthony Burgess, el réprobo hasta entonces, cegado por el deslumbrante relámpago de la fe, la misma luz que descubre la belleza inmortal del San Juan de Caravaggio en la Sacristía Primada, tras la prodigiosa restauración, llevada a cabo por Miguel González, otro malagueño en el exilio desconocido en su tierra, porque él anda ya por San Francisco el Grande y la Catedral Primada, que ha desvelado sombras y encendido luces y rosas en la cara del San Juanino, amén de una amapola en el pelo, borrada por algún censor aldeano, escandalizado del toque femenino del primo del Señor, que aparece como un adolescente lampiño, que es posible encendiera las noches del cardenal Del Monte, protector, mecenas y puede que algo más del salvaje genio criminalmente turbio Ángelo de Merici en las sórdidas callejuelas napolitanas del barrio de los Españoles, eterno viscoso Caravaggio como la sangre del cuello del Bautista en la bandeja de plata de la Salomé bíblica y wildiana, puesto en duda constante, porque los genios siempre son dudosos, inciertos, velados y solo aparecen de vez en cuando, puede que una vez al año, como cuando la excelsa custodia de Juan de Arfe de múltiples campanillas, volutas y estalactitas áureas, deambula por las calles toledanas, entre pétalos de rosas que caen de los balcones en el Zocodover, cubierta la carrera y alfombrado el suelo de juncias, mientras los tapices flamencos en un espectáculo irresistible cuelgan de alcayatas clavadas en las piedras de los muros de la Sede Primada, para que el viril hecho con el primer oro llegado de Indias sirva de ostensorio a la Divinidad salida del iconostasio, que el Greco conocía tan bien desde que era un zagal en las calles de Creta, el color negro, los encajes blancos, los ojos en trance místico cercano a la locura y las manos que aletean, cercanos los apóstoles a los señores de Castilla, cuando corría entre los popes barbados en blanco y ataviados de negro, como el Caballero de la mano en el pecho, o los alados caballeros que rodean el cadáver del señor de Orgaz, mientras San Estaban de prodigiosa dalmática sujeta los pies del cadáver exquisito cuya cabeza sostiene San Agustín en deslumbrante capa pluvial en una perfecta síntesis de la historia de España, nacida de Grecia, Roma y la Cruz, Jorge Manuel Theotocopuli sostiene el hachón que ilumina la escena y los cielos se abren de nuevo tras la lluvia, los cielos que siempre se abren tras la tormenta y después de la muerte en la clara y gloriosa nación, que al mundo aterraba, pero también civilizaba y culturizaba desde Toledo, que ya había sido sede de los concilios y de los visigodos, capital de la España arriana, sede real de Hermenegildo y Leovigildo y Recaredo, la nación visigoda, que existió antes que ninguna otra nación de Europa y continuó en la recuperación de la España perdida tras la conquista por aquel turbio Alfonso VI y pasó a ser imperial con el gran Carlos de Gante, emperador del mundo, cuyo apabullante túmulo funerario permanece en el antiguo Hospital Tavera entre enseres de la Casa de Medinaceli y cuyo trono se erguía en el grandioso Alcázar, símbolo de muchas cosas, al que nunca van a dejar en paz y en el que ahora han instalado una parte del Museo del Ejército, solo la parte de historia que oficialmente existe, porque la otra estará sumida en la penumbra de algún salón en el ángulo oscuro, entre las nieblas de la ignorancia, como el águila de San Juan Evangelista y los yugos y las flechas del cercano San Juan de los Reyes, joya del gótico tardío convertido ya casi en plateresco, de los hispanizados flamencos Enrique Egas y Juan Guas, que por mucho que se intente no es posible hacer contemporáneos de la lucecita del Pardo, porque todo es un problema, hoy por hoy irresoluble, de la fomentada ignorancia, que campa a sus anchas desde los salones de silenciados pasos por las mullidas alfombras de la Real Fábrica y escasos ecos por los tapices flamencos, que decoran los despachos que ocupan gentes de escaso fuste y nula ciencia a los que hay que dar el título de excelencia, tan lejana de la excelencia que se buscó y encontró en Toledo, la vieja capital de las Españas, porque San Juan de los Reyes con su hechura de mausoleo, estaba destinada a ser la tumba de los Reyes Católicos, antes de que se conquistara Granada, que entró en el alma de Isabel de la cual ya nunca salió y a la que ella, después de arrebatarle el símbolo de la granada, entregó su corazón y su cuerpo y los de toda su familia.

Anoche soñé que volvía a Toledo con mis padres y me invadió una oleada de recuerdos, como un tsunami que entrara en una catedral. Los nuevos dioses, como los llama Pablo Genovés, en la prodigiosa fotografía que acompaña estas líneas. Releí la obrita de Marañón 'Elogio y nostalgia de Toledo'. En otoño volveré a pasear por sus calles y contemplar la puesta de sol desde los cigarrales. Si alguien quiere acompañarme, podemos hablarlo.

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