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Joaquín Rábago

¿Preludio de la tercera guerra mundial?

El Gobierno polaco no ha dejado de azuzar un momento a la vacilante Alemania para que, venciendo sus reparos, autorizase la entrega a Ucrania de los carros de combate Leopard 2 que Kiev reclama con urgencia.

Según el primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, una eventual derrota del país invadido por la Rusia de Vladimir Putin sería «el preludio de la tercera guerra mundial».

Una guerra que, según un exaltado dirigente de la otra parte, el checheno Ramzán Kadírov, en realidad ya ha comenzado si se tiene en cuenta, como explica, que la OTAN está participando con sus armas e instructores en el conflicto.

Tanto el Gobierno polaco como el de Finlandia, país que ha decidido abandonar su neutralidad y aspira al ingreso en la OTAN, se dicen más que dispuestos a enviar a Ucrania algunos de los Leopard de sus respectivos arsenales.

Tan sólo esperan, como otros países aliados, la luz verde de Berlín porque es la condición que puso Alemania a una eventual reexportación de ese material bélico.

También el presidente polaco, Andrzej Duda, ha querido plantear la urgencia del rearme de Ucrania en la reunión del Foro Económico Mundial que se celebra en Davos.

Berlín había sostenido siempre que si se enviase el armamento más pesado a Ucrania, no debería hacerlo un país a título particular, sino que ello debía ser fruto de una decisión colectiva.

El primer ministro británico, Rishi Sunak, quiso adelantarse a sus aliados continentales al anunciar esta misma semana que su país pondría a disposición de Kiev sus carros pesados Challenger 2.

Los titubeos del canciller federal alemán, Olaf Scholz, en relación con el envío de los Leopard tenían que ver sobre todo con el miedo a que la entrada en combate de ese tipo de blindados de combate pudiera suponer una peligrosa escalada del conflicto.

Pero Ucrania, y junto a ella Polonia y otros países fronterizos con Rusia como los Bálticos, han insistido desde el primer momento en que admitir la eventual victoria en Ucrania supondría la mayor amenaza para Europa.

Los más beligerantes tanto a este lado del Atlántico como de EEUU acusan a Rusia de querer reconstruir el antiguo imperio soviético.

De nada les vale que se diga que Rusia no ha podido siquiera ocupar todo el país vecino, que invadió hace ya un año en un frustrado intento de derrocar a un gobierno al que tachaba de neonazi y acusaba de estar machacando a la minoría rusófona del este de Ucrania.

De nada sirve tampoco que se les recuerde que Moscú estaba dispuesto a aceptar los llamados acuerdos de Minsk, negociados, ahora se dice que de mala fe, por Alemania y Francia, pero que Kiev rechazó por supuestas presiones de Londres y Washington.

Hace tiempo que el Gobierno de Volodímir Zelensky busca la involucración directa de la Alianza Atlántica en la guerra de su país, algo a lo que no parece dispuesto, sin embargo, el presidente Joe Biden, que es quien tiene la última palabra, por las terribles consecuencias que tendría para todos.

Y es que Rusia está lejos de ser sólo «una gran gasolinera» como dijo en su día despectivamente el jefe de la diplomacia Europea, Josep Borrell, sino que, aunque no nos guste su régimen autocrático, es toda una potencia nuclear.

Y sobre todo, tampoco se puede olvidar que, pese a la brutalidad mostrada en esta guerra, similar por cierto a la que mostró EEUU, por ejemplo, en la de Irak, Putin no está tampoco en estos momentos solo, sino que hay muchos países grandes y no sólo China o la India, que prefieren permanecer neutrales y no secundar sin más las sanciones de un Occidente al que acusan de hipocresía.

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