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Roberto López

Control C + Control V

Roberto López

Porno

El consumo de porno es cada vez más temprano y generalizado. Shutterstock

Una escena. Una pantalla. Un loft elegante sin pretensiones. En la escena, en la pantalla, en el loft, un hombre gigante al que apenas se le ven trozos de piel y solo partes de un cuerpo del que nunca se verá la cara. El hombre sin rostro devora, como Saturno a su hijo, a una joven rubia, -¿podría ser menor de edad?, me pregunto-, delgadísima, frágil como un cristal, desnuda como humo blanco, transparente como un papiro. Ella parece sometida y no parece feliz, ni satisfecha. Por momentos, parece drogada. Él parece controlarlo todo y hace de todo aunque, en verdad, es un secundario. La escena dura unos quince minutos. Por momentos, es salvaje.

Nunca he escrito sobre el porno. En casi diez años levantando columnas todas las semanas, nada. Sobre el porno, que se ve mucho, se habla poco, en general mal, y en todo caso en círculos cerrados con amigos o amigas de confianza. Como una broma, como un comentario. Nos da cierto pudor, vergüenza, es como un estigma extraño, seguimos sintiendo que ver sexo es pecado y lo dejamos. Sin embargo, noto como en los últimos tiempos nos empezamos a cansar de la fiesta y empezamos a ver algunos de los efectos secundarios de un contenido altamente inflamable. Sobre todo, entre los más jóvenes pero no solo.

Hay datos: La edad de acceso a la pornografía en España se ha adelantado a los ocho años y se ha generalizado a los 14. Solo un 25% de los menores lo habla con adultos y la mitad de ellos reconoce haber incrementado sus prácticas de riesgo tras consumirlo. El porno es uno de esos elefantes, que están dentro de la habitación de esta sociedad posmoderna, y que nadie quiere ver. Aunque miremos a otro lado, papás y mamás, y finjamos que no está aquí, el elefante (que es el porno) sigue aquí y alguien tiene que decirlo. Me pregunto: ¿quién queremos que eduque a nuestros hijos: el porno o nosotros?

Porno a domicilio, de acceso gratuito, libre, anónimo e inmediato. Porno categorizado en un menú infinito, porno ficción envasado al vacío y en privado, en el pc o en el móvil, en un grupo de WhatsApp, látex, lencería y juguetitos, posturas acrobáticas, Gang Bang... Me gustó mucho una campaña publicitaria, creo que fue de la Junta, que comparaba el porno con la serie Juego de Tronos. Venía a decir que igual que no vas matando a gente por la calle con la espada de Carlomagno, tampoco deberías imitar todo lo que se hace en una peli X. En conclusión, el porno es ficción y así hay que entenderlo. Pero hay más, engancha.

Un amigo me confesó, en una ocasión, que era adicto al porno. Fue una época en la que estuvo en el paro. Por las mañanas, abría el portátil y se pasaba varias horas mirando la pantalla. «En muy poco tiempo se convirtió en una actividad diaria», me dijo y concluyó melancólico después: «aumenté las horas de consumo y, finalmente, empecé a inquietarme». El porno desencadena en el cerebro las mismas reacciones que cualquier droga, son estímulos muy potentes que activan los llamados circuitos de recompensa. «Tenía agujas en el paladar y un sabor metálico en la lengua», me dijo. Mi amigo consiguió dejarlo pero pasó el mono, la ansiedad, los temblores, el insomnio, la mala hostia, lo típico. Le costó el matrimonio.

Alexandre Lacroix, que es filósofo y francés y siempre es revisable, ha escrito sobre «la definición filosófica del polvo perfecto» y apunta que hay que desmontar el guion impuesto por Freud y el porno. Lacroix defiende una visión creativa y política del coito, denunciando cómo la pornografía ha empobrecido nuestra vida sexual. Arola Poch, sexóloga y psicóloga y amiga, me dice que «el porno es un sexo al que le falta mucha vida porque el sexo es vida». Andrea Dworkin, en su libro Intercourse, ya en el año 1987, hablaba de que «el sexo tiene una dimensión política». Nunca es neutral. El sexo es siempre más que solo sexo.

En fin, que el sexo es otra cosa. El sexo no es el porno, o no solo. Un buen sexo requiere de buen rollo, y comunicación y empatía y confianza, como dice Arola, «conexión», y no, no tiene porque implicar amor, pero sí satisfacción. El porno mainstream plantea una forma de practicar sexo que no es sana y que no es real. Debemos empezar ya a regular y educar al respecto. El contenido hardcore parte de un planteamiento machista, donde los ejes de la relación suelen ser el uso de la violencia, más o menos latente, la humillación, la cosificación o el sometimiento. Cuestiones todas ellas que no son aceptables. Por no hablar del consentimiento. Así que a tope con el porno, sí, claro, pero bien entendido, regulado, educado, emitido... Hay que ser crítico, sí, pero no demonizarlo.

Otro ejemplo, al azar: otra escena, otra pantalla, ahora en la calle. Antes del vídeo, un anuncio de un juego ¿virtual-sexual?, «quieres follar», y yo pienso que son las 7.16 de la mañana y tengo que terminar la columna. Después, una cortinilla, una chica en una calle, sola, aturdida, no habla inglés. Un tipo, al que tampoco se le ve la cara, le ofrece un dinero que ella acepta para ir a un Airbnb. Apenas balbucean. Ella dice a todo que sí todo como si fuera un robot idiota. Lo demás es un chorreo de lugares comunes y poco interesantes. Otra vez, sota, caballo y rey, pintan bastos pero no le veo la gracia. Quizás sea la hora. No sé.

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