Cuando eres de fuera y llegas a un sitio, es importante encontrar gente que te ayude. A mí me pasó en Barcelona con Manolo Flores, Josep Vendrell y después Valero Rivera. En Málaga la persona que más me ayudó fue Manolo Rubia. Él me enseñó muchas carreteras que eran como serpientes y que si no vas atento te pierdes. También me ayudó a conocer cómo era la vida andaluza y malagueña. También las comidas y la historia del baloncesto de la Costa del Sol.

Recuerdo el primer día para ir a Ciudad Jardín. Él iba delante de mí en el coche. Había 42 grados. Fue la primera vez que vi en un termómetro ese número. Le dije: «Voy a morir aquí».

También aprendí mucho con él de tipos de café. En Málaga había muchos nombres distintos: nube, sombra, mitad... Increíble.

Recuerdo que era muy querido por todos los jugadores. Y eso no es fácil. Los jugadores son todos unos cabrones. No es nada fácil manejarse con ellos. De Manolo no hablaba nadie mal. Es una persona que no sabe decir «no». Los jugadores le pedían frigorífico, lavadora, antena parabólica... Él decía siempre «sí».

Recuerdo también cuando acudía a su finca, en las afueras de la ciudad. Me gustaba mucho ir porque no era una casa de lujo, era todo muy lejos de lo que suelen hacer los extranjeros en la Costa del Sol. Era una finca con un estilo muy español. Y eso me gustaba. A mí el gran lujo es que no me gusta. Manolo es un tío modesto y con una gran familia, a la que también conozco. Su hija Laura siempre estaba en nuestros entrenamientos, sobre todo con Sonko, que era su favorito. Fui el primero que quiso que ella entrara y fuera una más del grupo.

Honestamente hablando, creo que hicimos un triángulo de trabajo de oro él, Juanma Rodríguez y yo. Trabajamos muy bien. Como hermanos. Yo no soy persona fácil en el día a día. Lo sabe todo el mundo. Sobre todo trabajando soy muy exigente. Pero también puedo decir que soy muy humano. Me gusta ayudar a todo el mundo y eso es algo que encontré trabajando con Manolo.

Recuerdo que aquellos años, con un gran presidente como Ángel Fernández Noriega, hicimos muy buenos resultados. El Unicaja era todavía un equipo modesto, trabajamos en malas condiciones al principio, todavía en Ciudad Jardín. Los entrenamientos eran muy difíciles, con mucha gente dando gritos alrededor de la pista. Trabajamos mucho todos en aquella época y Manolo fue clave para nuestros éxitos.

Durante mis cuatro años en Málaga no tuve ningún problema con Manolo, pero después, cuando me fui, sí hubo algunas cosas que no me gustaron. Pero las he olvidado.

Puedo decir que no estoy feliz por la noticia de su jubilación. En los banquillos de cualquier franquicia de la NBA siempre hay dos o tres personas con el pelo blanco. Creo que Manolo Rubia no debería irse nunca del Unicaja. Que no viaje, que no esté en reuniones, que no haga fichajes, pero su experiencia es muy rica y es obligación para el Unicaja seguir aprovechándola en el futuro.