Una librería ardió el otro día en la ciudad, y no estamos sobrados de librerías, pero no puedo evitar que uno de los mejores chistes de Perich me venga a la mente ante la oleada de apoyo que ha arropado a los propietarios y trabajadores: «Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema... señor Conde». Sin duda, no soy buena persona. Pese a la maldad que me abriga, espero de veras que Proteo abra pronto sus puertas y que resurja de sus cenizas con más futuro que nunca. Y siguiendo con lo de mi maldad, José Caballero Bonald murió hace unos días, y reconozco que no voy a echarle de menos. Nunca he sido lector suyo, y ni tan siquiera su muerte ha despertado en mí alguna curiosidad. Sé que con él se va una de las grandes voces de las letras españolas y andaluzas del último medio siglo, pero no voy a fingir que conozco su obra –creo que el Ministerio de Cultura también ha dejado de fingir, y decidió ausentarse del entierro de todo un Premio Cervantes, porque se ve que ese ministerio no está sobrado de buenas personas-. Y en esta ciudad que ha sufrido el daño de perder una librería, al menos de forma temporal, hemos ganado una exposición dedicada a ‘Banqueros y empresarios’, en lo que me parece una de las apuestas artísticas más sorprendentes en lo que va de siglo; pero qué se yo de estas cosas, si además soy mala persona.