A punto de cumplirse dos años de su muerte, un triste y caluroso 17 de julio en Roma, aún quedan muchos libros por disfrutar de Andrea Camilleri (1925-2019). Acaba de llegar hace unas semanas a las librerías españolas la trigésima entrega de la serie dedicada a Montalbano, el popular comisario siciliano que debutara con ‘La forma del agua’ en 1994. Ahora, en ‘La red de protección’ (Salamandra, 2021), la gran creación de Camilleri se enfrenta a un misterio del pasado mientras soporta que su querida Vigàta haya sido tomada y transformada por un rodaje, algo que le molesta casi tanto como le es indiferente. De nuevo, los lectores del escritor tienen motivos de sobra para agradecer la tenacidad y constancia de uno de los grandes narradores italianos del último medio siglo.

‘La red de protección’ es el primero de los libros dedicados a Montalbano que un ciego Camilleri dictó a Valentina Alferj. En sus últimos años, el siciliano ya era incapaz de escribir, pero eso no le impidió narrar unos libros finales gracias a la ayuda de su asistente. ¿Son peores obras? En absoluto, incluso se encuentran entre lo mejor de su producción. Son versiones destiladas de todos sus mejores logros, y lejos de estar teñidos de alguna clase de amargura debida a su obvio declinar físico, se trata de libros luminosos, optimistas y llenos de un irrefrenable amor por la vida. ‘La red de protección’ no necesita de criminales, aunque sí de algún crimen, para ser una de las aventuras más entretenidas de Montalbano.

Ya se lo dijo hace unos años Antonio Sellerio, el editor siciliano de Andrea Camilleri, al periodista Ernest Alós: «No escribe tan rápido. Escribe aún más rápido. Esos dos o tres libros son los que le podemos publicar, los que no, pasan a un cajón. Y cada año hay más libros en el cajón. Cuando muera, habrá libros de Camilleri para años». Y aquí estamos ahora, con Camilleri enterrado pero publicando novedades a un ritmo descabellado. Y no son obras menores, porque en el contexto de la serie este nuevo Montalbano brilla con luz propia.

Por supuesto, de nuevo están aquí todos los rasgos de estilo de Camilleri, y todo lo que sus lectores esperan de un buen Montalbano: un suculento repaso de la gastronomía siciliana, personajes bien caracterizados, diálogos brillantes, mucho humor, historias que crecen conforme se solucionan, y ese humanidad algo trágica tan propia de Camilleri, pero que en esta ocasión es bastante más optimista de lo habitual.

En el decorado que arropa los dos misterios que Montalbano debe resolver en ‘La red de protección’, hay cierto toque de parodia de sí mismo en el retrato que dibuja Camilleri del equipo de rodaje que ocupa Vigáta e incordia al policía –el propio Camilleri era guionista y director, no fue hasta su jubilación que se lanzó de pleno a la escritura, por lo que quizá haya usado alguna anécdota de su propia vida para reírse un poco de sus días de cine y televisión-. Y ese ropaje ligero le sienta bien a la novela, que de todos modos lanza profundas reflexiones sobre la necesidad de protección que todos tenemos, y sobre cómo algunos deciden proteger o protegerse. Como siempre en estas novelas, son las personas las que cuentan, tanto para Camilleri como para Montalbano.

Con la tranquilidad que da saber que todavía les quedan muchas páginas por compartir con Montalbano y los curiosos compañeros de su viaje literario, los lectores que han convertido Vigàta en su refugio pueden cerrar con buen ánimo ‘La red de protección’. El socarrón Andrea Camilleri no solo fue un gran escritor, fue antes que nada un hombre muy generoso.