Es difícil entrar a cualquier red social y no ver a alguien ofendido por que otro haya dicho alguna cosa. Es la época de la piel hiperfina, incluyéndome yo entre los agraviados de vez en cuando y teniendo claro que los periodistas también debemos estar expuestos a la crítica, claro, siempre que sea razonada y sin insultar, que no hay por qué. Aunque dar la opinión es hoy un deporte de riesgo para cualquiera que lo haga de vez en cuando. Miren al presidente de la patronal española, el muy solvente Antonio Garamendi, llorando porque dijo que veía bien los indultos de los nacionalistas catalanes que participaron en el golpe de estado de octubre del 17. La que le cayó, al pobre, fue de órdago. U observen a Flo, quien después de hablar sobre la falta de oportunidades en su profesión para las mujeres en una entrevista, se vio envuelto en una polémica mayúscula. La culpa, claro, se la echó al periodista después de que muchas cómicas le afearan, con razón, su reflexión. En fin, a lo que voy es que la cultura del agravio, de lo políticamente correcto, nos acorrala, nos asfixia y ya mismo entre ‘ofendiditos’ y talibanes de lo políticamente correcto no se va a poder decir ni escribir nada. El caso es que yo, hablando de ese agravio permanente, he crecido, como decenas de miles de malagueños, escuchando hablar mal de Sevilla. Es algo así como una reedición del ‘España nos roba’ que los catalanes nacionalistas que abogan por arrinconar todo lo que suene a español repiten sin cesar, como un mantra ante un muro de las lamentaciones que les devuelve sus propias argumentaciones. Lo escuchaba cuando iba a ver al Málaga a la Rosaleda, también cuando hablaba con amigos y cuando, con allegados sevillanos, salía el tema de la Semana Santa. Claro que esta cultura del enfrentamiento permanente entre dos ciudades andaluzas es bidireccional, pues Sevilla no se ha quedado atrás en este sentido. Y, si uno bucea un poco en la web, ahora también hay andaluces de otras provincias que se sienten agraviados con el trato que recibe Málaga por parte de la Junta de Andalucía presidida por el malagueño Juanma Moreno Bonilla. Hablo de esto porque el caso es que el otro día Juan Espadas, alcalde de Sevilla y candidato a la presidencia de la Junta cuando se abran las urnas (posiblemente a finales del año 22), vino a un curso de verano organizado por la Universidad de Málaga en el idílico jardín del Museo Picasso. Y se sentó con nuestro alcalde, Paco de la Torre, a hablar de lo importante que es que exista una alianza de ciudades andaluzas para salir a la escena internacional, o a la nacional, a conseguir cosas. Espadas, arropado por su guardia pretoriana malagueña que parecía reflejar en sus caras las consecuencias de tener el berlanguiano pensamiento que vendría a ser algo así como «Bienvenido míster Espadas», llegó a decir que a veces las ciudades andaluzas se han equivocado al no apoyarse entre sí para lograr grandes eventos. Paco de la Torre puso el ejemplo claro: cuando ninguna ciudad andaluza quiso apoyar a Málaga para que se hiciera con la Agencia Europea del Medicamento, porque Granada también optaba a esa historia, y al final Rajoy, para contentar a los nacionalistas, lo que es algo imposible, creo, optó por que fuera Barcelona. Cabe decir que aquella convulsa Barcelona también perdió esta apuesta. Ambos optaron por seguir impulsando el eje Málaga-Sevilla que se concreta en trabajos conjuntos de las respectivas universidades y parques tecnológicos, así como en materia turística, de forma que se ha añadido a la ecuación, y para bien, a Córdoba y Granada. El alcalde malagueño, eso sí, mantuvo la crítica al centralismo autonómico en la época socialista. El caso es que De la Torre felicitó a los nuevos ministros socialistas el otro día, Espadas llegó a Málaga y consideró que la capital de la Costa del Sol y la hispalense tenían muchas cosas que hablar, ambos señalaron a la necesidad de impulsar alianzas de ciudades andaluzas para hacer frente a los retos universales, el mismo De la Torre apoya la llegada de una incubadora para proyectos aeroespaciales a Sevilla, porque lo que es bueno para una capital andaluza es bueno para todas. Y he aquí que en estos dos políticos se detectó un incipiente y novedoso andalucismo que consiste, fíjense la revolución, en llevarse bien entre ciudades andaluzas para que la región (a ver si de una vez pensamos como territorio) consiga cosas, que falta nos hace. Miramos mucho a Cataluña pero aquí llevamos años a la cuarta pregunta, viendo cómo se desangran las empresas que abogan por venir a la comunidad, mirando para otro lado en el caso de nuestros jóvenes, que ven poco futuro después de años de estudio, tratando de encajar nuestra industria agrícola y ganadera en la modernidad a lomos de la digitalización o cazando turistas para que se dejen el dinero en una de las regiones más bellas del mundo, pero también más difíciles de gobernar. Espadas y De la Torre son dos políticos moderados, de los que cosen, como el propio Juanma Moreno. Y no estaría mal que muchos otros se apunten a la moderación como forma de vida política, huyendo de los extremos y, por Dios, acabando de una santa vez con los enfrentamientos interprovinciales en Andalucía que en nada nos benefician y tantas veces nos han hundido en la miseria. Es la hora de pensar como territorio, fomentando el desarrollo andaluz. No se trata de desempolvar ‘El ideal andaluz’ de Blas Infante, sino de que, como diría el gran poeta Juan Carlos Aragón, en la pelea por la dignidad, Andalucía se ponga primera y que las ciudades hermanas se dejen ya de memeces y de agravios. Ya cansamos.