Una cosa así sólo lo habíamos visto en alguno de esos países del continente negro a los que el propio presidente Donald Trump se refirió una vez despectivamente como "agujeros de mierda".

Nada más grotesco que ver al jefe de Estado de un país que siempre ha presumido de exportar al mundo la democracia llamar a sus fanatizados partidarios a rebelarse contra quienes limpiamente le ganaron las elecciones.

Y hacerlo con el pretexto de que fueron unas elecciones "robadas" al auténtico pueblo norteamericano - entiéndase: el de los supremacistas blancos- por políticos ansiosos de convertir al país elegido de Dios en una dictadura socialista.

Un presidente republicano que, pese a sus flagrantes abusos de poder y sus descaradas mentiras, ha sido nada menos que con más de 70 millones de votos el segundo más votado de la historia, sólo por detrás de su rival demócrata, Joe Biden.

La profecía distópica que publicó el novelista norteamericano Sinclair Lewis en 1935, en plena era de los fascismos europeos, bajo el título de "Eso no puede pasar aquí", parecía convertirse de pronto en realidad.

En aquella novela, Lewis retrataba a un político del que Trump parece sólo un calco: su protagonista es un senador del pequeño Estado de Vermont llamado Berzelius Windrip que, a base de populismo y de mentiras, logra convencer a sus compatriotas de que devolverá al país a la grandeza perdida: el "Make America Great Again" trumpiano.

En esa obra de ficción, Windrip llega en 1936 a la Casa Blanca tras vencer a todos sus rivales demócratas y republicanos e instala un régimen de terror con una fuerza paramilitar y tribunales especiales para deshacerse de sus enemigos, lo que obliga a muchos ciudadanos e incluso a su propio vicepresidente a buscar asilo en los países vecinos.

Parecía difícil de creer lo que veíamos suceder la otra tarde y noche gracias a las pantallas de televisión: cómo, jaleados por el todavía presidente, centenares de individuos portando banderas confederadas o con el nombre de Trump tomaban por asalto en Capitolio ante la más que evidente pasividad de la policía.

Una policía que cuando se ha tratado de reprimir manifestaciones del movimiento antirracista "Black Lives Matter"

no ha dudado en utilizar la máxima violencia, pero que en esta ocasión parecía estar allí por momentos casi sólo de espectadora.

Todo ello mientras los sediciosos lograban entrar por la fuerza en el templo de la democracia, y, tras interrumpir el proceso de certificación por el Congreso del triunfo electoral de Biden y obligar a los legisladores a refugiarse allí donde podían, se fotografiaban con sus teléfonos móviles en los grandes salones del edificio o en los desocupados despachos.

Quedan ya menos dos semanas para la asunción del cargo por el nuevo presidente, y muchos hacen cábalas sobre qué será capaz de hacer quien todavía ocupa la Casa Blanca y sigue sin reconocer su derrota por más que haya asegurado, tras los sucesos y los cuatro muertos del miércoles, que "habrá una transición ordenada".

Hay incluso quien se pregunta si, para evitar sorpresas de última hora por parte de un psicópata, no sería conveniente recurrir a la vigesimoquinta enmienda de la Constitución de EEUU, que, entre otras cosas, permite la sustitución del presidente por su segundo en el caso de que aquél no sea "capaz de desempeñar las funciones y obligaciones de su cargo".

Lo más preocupante, sin embargo, son esos más de setenta millones de estadounidenses que se han creído las mentiras y tolerado los abusos de poder de Trump y que seguirán trabajando para que el todavía presidente o alguno de los cínicos políticos republicanos que, como Ted Cruz, le apoyan se tomen dentro de cuatro años la revancha.

Como previó en su día Sinclair Lewis, alertando a sus compatriotas sobre el peligro del fascismo, eso puede también pasar allí.