Todos los niños de mi generación leímos con pasión la novela «Moby Dick». Publicada en 1851 narra la travesía de un barco ballenero, el «Pequod», comandado por el capitán Ahab y el arponero Queequog, en la obsesiva y autodestructiva persecución de la gran ballena blanca. En psiquiatría, el empecinamiento en un objetivo imposible se conoce como «el síndrome de Ahab», en referencia al capitán que protagoniza la novela de Herman Melville.

Siempre he defendido a Luis Casimiro, me parece buena gente y además tiene un pasado que le avala como un gran entrenador, pero en los últimos tiempos tengo la sensación de que entrenador y club navegan de manera obsesiva en busca de una «Moby Dick» que no existe.

Obviando las señales que advierten de serios problemas en el horizonte que no pueden llevar al equipo a ningún lugar positivo. Las declaraciones del capitán del barco cajista después del desastre ante la Penya en el debut en el Top16 son preocupantes: «Los problemas se solucionan ganando, estamos más cerca de ganar». Después de perder siete de los últimos ocho partidos no parece una autocrítica, ni una asunción de errores que permita crecer, sino más bien autocomplacencia y una confirmación en el trabajo que se está haciendo.

Una situación que ha provocado que el equipo entre de rebote en la Copa, después de que el año pasado los hiciera por invitación y no por méritos deportivos, y gracias a la pandemia del coronavirus que ha afectado a todos los equipos de la competición menos al malagueño. Las lesiones no dejan de ser una excusa. Las lesiones las tienen todos y más allá de la baja de Alberto, viendo como Luis Casimiro utiliza a Carlos Suárez no debería echarle de menos.

No se puede hablar de falta de esfuerzo. Los jugadores lo dejan todo en la pista, se entregan hasta el final y sólo la frustración y la falta de físico les llevan a caer en todos, o casi todos los finales del partido. El equipo esta roto mental y físicamente. Ya no es un problema de exteriores o pívots.

Los interiores estuvieron bien ante el Joventut, y si no estuvieron mejor, como en el caso de Rubén Guerrero, es porque vieron parte del encuentro desde el banquillo. Los exteriores tienen días buenos y malos como todos pero esas caras€ esas caras que vemos en los minutos finales de los partidos delatan muchas cosas. Y confirman que hay muchas cosas que no se están haciendo bien. Lejos de pensar que se está caminando en la dirección correcta hay que asumir la situación y hacer cambios. Cambios a todos los niveles.

La temporada verde pende de un hilo: La Eurocup. Y para seguir vivo en la segunda competición europea hay que ganar 4 de los 5 partidos que quedan por jugar ante Joventut, Mónaco y Nanterre. Algo que viendo al equipo en las últimas semanas se antoja una quimera. En los dos últimos años el equipo se ha mostrado irregular e inconsistente pero al menos tenía momentos explosivos que dejaban buenos recuerdos en muestra memoria, como la Copa de Málaga o la fase final excepcional de la ACB. Ahora el equipo se ha sumado a la moda «Ni-Ni». Ese

término que se emplea para calificar a los jóvenes que ni estudian ni trabajan se podría adaptar a este equipo que ya ni gana ni juega, más allá de algunos fogonazos que más parecen debidos a la calidad de sus jugadores que a un plan preconcebido de juego.

Ya nada es seguro con este equipo desde que Betis, Fuenlabrada, Baskonia, Ulm, y la Penya hayan ganado de manera consecutiva en el Carpena. Cinco derrotas consecutivas, que se dice pronto. En el horizonte dos partidos complicados, la visita a Manresa donde espera un Baxi enrabietado porque el COVID les impidió luchar por la plaza en la Copa del Rey que ocupan los malagueños y en la Eurocup, visita a Mónaco. El desplazamiento más complicado donde espera un equipo que lidera la liga francesa y ha pasado por encima del Nanterre en el estreno europeo.

Es la hora de decidir si el timón del equipo sigue en manos del capitán Ahab€ Suerte y poneos la mascarilla.