Ayer a las diez y media de la mañana había cola en un callejón que conecta Nueva con San Juan. Colas para acceder a una tienda de lanas. Nos viene un semi confinamiento, quince días de cierre de lo no esencial y la gente necesita lana, ovillos, tal vez punto de cruz o ganchillo. La cola era variopinta. Me gusta la palabra variopinta, que es como traviesa y laxa, polisémica. De varios colores, claro. Quiero decir que en la cola había señoras y señores y jóvenes y jóvenas. Era una cola de buen tamaño. Si fuera una anécdota no la meteríamos en la columna. Las cafeterías, en un tour por el Centro que me dí creyéndome joven repórter, también estaban si no a reventar reventando, o sea, llenas. Claro que normalmente también están llenas cualquier día a esa hora en el Centro, con lo cual el atinado apunte sociológico extraordinario puede quedar en simple anotación de lo cotidiano y usual, aunque lo cierto es que desde buena mañana vi mucha gente en el Framil, Aranda, Los Pueblos, el Central, Madrid o en La Mota, que no está en Armengual y tiene varias sucursales repartidas por lo que ahora llaman Perchel Norte.

-Oiga, las lanas.

La tienda de lanas puede que no tenga reparto a domicilio y sí buen género y calidad. No sería yo quien llamara desperdicio del tiempo a quien quisiera hacerme un jersey para el invierno, este o el que viene, con lana virgen o baqueteada, calentito y de un color discreto o llamativo, con su cuello de pico o a la caja. Tenía que haberme quedado un rato en la cola, oír conversaciones, hacerme eco de alguna desesperación, cazar conversaciones. La inquietud por tomar un último café antes del cerrojazo pandémico me hizo marcharme. Pero me fui con inquietud lanar. Canta la rana y no tiene pelo ni lana. A la ruín oveja la lana le pesa, dice el refrán castellano. Comprar lana para no salir trasquilados. Estamos todos hasta las lanas y a mí me alegra que a este pequeño comercio tradicional, de toda la vida («Lanas Cinco Bolas»), le vaya viento en popa a toda lana. Lana Turner. Suevos, vándalos y alanos, recitábamos en el colegio a propósito de los bárbaros. Alanas sin romanizar. Nos queda lana para rato. Hoy me quedo en la cama haciéndome un ovillo. Porque me da la lana.