Es un recurso muy usado el del clásico repipi corrector que, en las circunstancias actuales y ante la ausencia de procesiones, corrige al primero que afirma que este año no hay Semana Santa. Salta como un resorte y dice: Cuidado, Semana Santa sí que hay. Lo que no hay son procesiones.

Correcto. Pero aquí nos conocemos ya todos y nos entendemos rápido. Y en el sur de España, cuando hablas de Semana Santa, piensas en una puerta muy grande que cruje al abrir, en un antifaz, en varal, costal y en un palio llenando una calle con olor a primavera.

Y este año, tampoco hay nada de eso. Y resulta conmovedor pues todo sigue, avanzando poco a poco, pero la Semana Santa precisa de un nivel alto de seguridad, que ahora no tenemos, para poder romper con su mayor esplendor.

No hay nada realmente salvo lo espiritual. Podemos entretenernos con pica picas, si bien, para muchos, es preferible el ayuno que almorzar media aceituna.

Pero algo se salva de la quita. Algo permanece y hace historia. Y hoy volvemos a vivirlo. El cartel. Nuestro cartel. El de todos los cofrades. Y este año, por suerte, tiene a un artista firmando un lienzo que se convierte en ventana a la que asomarse y pensar: Mérida.

La Semana Santa, como los toros o cualquier otra fiesta relativamente folclórica, tiene a su alrededor un séquito de personas con un perfil notoriamente cerril. Personas que llevan incorporadas desde nacimiento unas anteojeras de cuero a los lados de los ojos para solamente percibir un camino y no distraerse con nada más pues, de lo contrario, colapsarían.

El barroquismo en 2021 resulta complicado en según que artes pues se generarían extraordinarios artesanos poco creativos. Y el caso de Andrés Mérida es bien distinto.

Este artículo lo escribo poco antes de la presentación del cartel. Yo no lo he visto aún. Pero ya sé que no va a gustar a mucha gente. No se concibe la vida más allá de aquello que uno no conoce. Y quizá ahí resida el mayor error del mundo.

Por eso, estamos verdaderamente de enhorabuena al poder ver la Semana Santa de Málaga a través de los ojos de Mérida. Porque él sí lo tiene meridianamente claro. Y como artista así lo refleja. Y por eso transmite felicidad al cruzar palabra con él. Básicamente porque es libre. Y eso, quedará reflejado en su cartel.

Ver en trazos descontrolados una imagen sagrada es algo extraordinario. Porque está fuera del sistema. Porque mezcla lo opuesto para la mayoría. Y siempre invita a la reflexión.

El arte es frágil y se usa en vano continuamente. Por eso la Semana Santa, a través de sus hermandades, debe ser valiente y responsable a la hora de publicar carteles.

Y la Agrupación, en esta ocasión, ha acertado plenamente en la elección del cartelista. Lo escribía hace meses al hablar sobre Mérida y el destino ha querido que sea en este año tan difícil en el que tengamos su luz a través de una pintura que muchos esperamos.

La puerta está abierta, desde San Julián así lo han escenificado, y Andrés Mérida, tras Puche, están pidiendo a brochazos que sepamos que hay vida más de la rocalla. Que no hay mayor conservadurismo positivo y bueno que el de llevar siempre con nosotros nuestras tradiciones para que pasen por todos los tamices artísticos contemporáneos.

Y así llega al cartel oficial de nuestra Semana Santa un artista sin miedo. Con simpatía en el color y pellizco en el mensaje escondido. Asusta ver sus creaciones digitales porque conforme avanza el trazo, lo que era una sencilla línea se convierte en un desgarro de vida sacra, un quejío desde lo más profundo o la vanguardia más ilustrada de un torero de postín.

Mirar a través de sus ojos es comprender que todo es de color -como con Lole y Manuel-, y por eso no hay que tener miedo a los ecos ultraconservadores que pretenden que vivamos en un bucle de repetición artística hasta que nos sangren las córneas.

Es el momento de darle al botón de actualizar en el mundo de las cofradías. Deben reiniciar el sistema y comprender que no se es menos cofrade ni se carece de purismo si se contemplan vías contemporáneas en cuanto al arte cofrade y religioso se refiere; ya sea levantando una casa de hermandad, componiendo una marcha o pintando un cartel.

Así sucedió con Chicano y el techo del salón de tronos de La Esperanza. Y todavía hay sustos y miedos. Pero pasará el tiempo, y tendremos sobre nosotros un legado único, excelente y de un nivel artístico extraordinario. Y será gracias a los valientes y nunca a los conservadores.

Es hora de evolucionar. De crecer. Sin procesiones y con la separación obligada de la nebulosa capillita, es el momento ideal para sacudir de polvo todo lo que rodea a este extraordinario universo. Y ponerse la mascarilla cuando se trastee con el pasado para aplicarlo a las generaciones venideras. Pues de lo contrario dejaremos de entendernos. Y por seguro que acabará desapareciendo todo.

Mérida ha aportado frescura a lo imposible. Y por eso es tan querido en su ciudad y en los circuitos artísticos tan valorado.

No se trata de estilos. Se trata de valía.

Viva Málaga.